VIDEO | Sobrevivir: el precio invisible de rehabilitarse tras un accidente
Pacientes que salen vivos tras un siniestro en motores enfrentan una segunda batalla: pagar terapias, transporte y una vida que ya no vuelve a ser la misma
El accidente dura segundos. La recuperación puede tomar años para unos y ser permanentes para otros. Y para quienes sobreviven a un choque en motocicleta, el verdadero impacto no siempre está en el momento del golpe, sino, en todo lo que viene después: terapias, gastos, pérdidas y una vida que ya no vuelve a ser la misma.
En República Dominicana, el sistema de rehabilitación recibe cada día a cientos de pacientes que enfrentan ese proceso. Muchos de ellos tienen algo en común: una motocicleta en su historia.
En la Asociación Dominicana de Rehabilitación (ADR) el flujo es constante. Entre 400 y 500 pacientes acuden diariamente solo al área de terapia física. "Son muchos casos... y son significativos", afirma Jilmary Tiburcio, quien lleva casi 24 años tratando lesiones complejas, muchas derivadas de accidentes de tránsito. Las más frecuentes son severas: amputaciones, traumas craneales y lesiones medulares.
Cada una implica meses y, en ocasiones, años de rehabilitación. Pero hay algo que pesa tanto como la lesión: el costo.
"Para yo venir aquí no puedo usar transporte público... tengo que pagar un taxi o una ambulancia", relatan muchos pacientes, según la especialista. La rehabilitación, entonces, no es solo un proceso médico. Es una lucha económica diaria.
Carlos: el accidente que no avisa
Carlos Andrés Santana Feliz, de 31 años, no olvida el momento en que todo cambió. "Dos personas armadas me cayeron atrás... tuve que acelerar el motor y me deslicé en una curva", cuenta. El accidente ocurrió en Yaguate, San Cristóbal.
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El resultado fue una fractura ósea y daño en los nervios. Fue operado y hoy acude a terapia para recuperar movilidad. "Voy recuperando", dice.
Es padre de familia y miembro de la Policía Nacional, su vida se detuvo de golpe. Ahora, su mensaje es directo: "Que tengan un poco más de cuidado... hay muchos afectados por llevar la vida tan de prisa", advierte, refiriéndose a la imprudencia en las calles.
Jason: reconstruirse desde cero
El caso de Jason Matos es aún más complejo. Tiene 35 años y se accidentó en Los Alcarrizos. "Tuve un accidente de tránsito... una motocicleta se descarriló y me impactó", relata.
Pasó diez días en cuidados intensivos. Sufrió fracturas múltiples: fémur, tibia y clavícula. Además, una complicación respiratoria obligó a realizarle una traqueotomía. "Mi vida cambió totalmente", dice sin rodeos.
Antes del accidente trabajaba como técnico en una empresa privada. Hoy depende económicamente de su esposa.
"Al no estar produciendo se me hace difícil costear el transporte", explica a Diario Libre. Asiste a terapia tres veces por semana. Ha logrado avanzar: llegó en silla de ruedas y ahora camina con bastón.
"Hay mucha evolución", afirma, al tiempo de precisar que el proceso sigue y el costo también.
Tania: cuando la esperanza no estaba en el sistema
Tania Frías de Santos explica que el accidente de su hijo no ocurrió en R. Dominicana, sino, en Atlanta, Georgia, Estados Unidos.
Allí, lejos de casa, comenzó una de las etapas más duras de su vida. "Nos dijeron que él iba a quedar como un vegetal. No querían darle el tratamiento de rehabilitación", recuerda.
Su hijo, Anthony Manuel Santos Frías, de 21 años, sufrió un trauma craneal tras un accidente en motocicleta y pasó dos meses en cuidados intensivos en la nación norteamericana.
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Y, ante la falta de esperanza en el sistema que lo atendía, la familia tomó una decisión radical: traerlo a República Dominicana.
- "Aquí sí me dan esperanza de que pueda caminar, hablar y hacer su vida normal", afirma.
Hoy, el joven recibe múltiples terapias: física, ocupacional y del habla. "Sí, he visto el progreso, bastante", dice su madre.
Pero el proceso es exigente, constante y costoso. Y deja una lección clara: "Los accidentes pasan, hay que tener más precaución y querer más la vida", advierte Tania, quien a cada cita de Anthony acude junto a su otro hijo Víctor Manuel, un año menor que el accidentado.
Los rostros de la tragedia en La Vega
Las estadísticas encuentran eco todos los días en las salas de los hospitales del país. El Hospital Traumatológico Profesor Juan Bosch, en La Vega, no es la excepción; donde jóvenes y adultos llegan marcados por segundos de imprudencia, exceso de velocidad o simples descuidos que terminan cambiándoles la vida.
En una de las camas del centro permanecía ingresado Yoandi Capellán, un joven de apenas 19 años que sobrevivió a un accidente de motocicleta ocurrido en la comunidad Los Guayos de La Cabuya.
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Su historia se parece a la de cientos de muchachos dominicanos. No llevaba casco protector. Mientras conducía su motocicleta, volteó la mirada hacia atrás por un instante y ese segundo bastó para perder el control del motor y deslizarse violentamente sobre el pavimento.
Ahora habla desde una cama hospitalaria, con el cuerpo golpeado y dolores que todavía no le permiten moverse con normalidad.
En medio de su lenguaje juvenil y urbano, resume la experiencia con una frase corta, pero cargada de arrepentimiento: "Esto es un bobo".
El joven reconoce que nunca imaginó terminar hospitalizado por un momento de descuido y aprovecha para enviar un mensaje a otros motociclistas de su edad.
"Que anden tranquilos, con prudencia, porque después vienen los dolores y los problemas", comenta mientras intenta sobrellevar las lesiones que le dejaron el impacto y la caída.
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A pocos metros de él, se recuperaba Yuliana Durán Santos, de 35 años, madre de tres hijos y residente en Acaguita, en La Vega.
Su accidente ocurrió mientras se desplazaba en una pasola. Un motociclista la impactó violentamente, provocando que saliera proyectada sobre la vía.
A diferencia de muchos pacientes que llegan al hospital, ella llevaba casco protector y está convencida de que eso le salvó la vida.
Aunque sufrió lesiones en el omóplato, brazos y otras partes, asegura que el casco evitó consecuencias mucho más graves.
"Si no hubiese tenido el casco, tal vez no estuviera aquí contándolo", expresa todavía afectada físicamente por el accidente.
La mujer relata que el impacto ocurrió en segundos y que apenas recuerda el momento en que cayó al pavimento.
Ahora enfrenta dolores constantes, limitaciones para moverse y la preocupación de sus hijos, quienes esperan que pueda recuperarse completamente para regresar a casa.
Historias como las de Yoandi y Yuliana forman parte de la rutina diaria del Hospital Traumatológico Profesor Juan Bosch, donde las motocicletas siguen ocupando buena parte de las camas, las emergencias y las unidades de cuidados intensivos.
Son casos distintos, pero atravesados por una misma realidad: el alto costo humano de la crisis vial dominicana.
Prevenir antes que rehabilitar
Para la especialista de la Asociación Dominicana de Rehabilitación, la conclusión es contundente: la mayoría de estos casos se puede evitar.
"Los accidentes de tránsito son completamente prevenibles", advierte Tiburcio. El problema no es solo la motocicleta, es el uso irresponsable, en la mayoría de los casos, de ambos lados.
Exceso de velocidad, falta de casco, imprudencia, violación de normas. Decisiones que duran segundos, pero que pueden cambiar una vida para siempre.
Para quienes sufren lesiones graves, el impacto no es parcial. Es total. "Con una discapacidad mayor, la vida cambia 180 grados", explica Jilmary Tiburcio. Subir escaleras, salir a la calle, trasladarse, trabajar, todo se vuelve un reto. A eso se suman las barreras físicas, económicas y sociales. Pacientes que viven en un tercer piso sin ascensor. Que necesitan ayuda para salir de casa. Que dependen de otros para tareas básicas. Y que, aun cuando avanzan en terapia, no siempre pueden retomar su vida.
El costo que no se ve
El sistema de salud cubre parte del tratamiento. Pero no cubre la vida, el transporte diario, la pérdida de ingresos, la adaptación del hogar ni la necesidad de un cuidador.
"Te dicen que estás rehabilitado, pero no puedes salir", resume Tiburcio.
Ese es el costo invisible. El que no aparece en facturas médicas, pero define la realidad del paciente.
Volver a empezar
En cada sala de rehabilitación hay una historia distinta. Algunos logran volver a caminar.
Otros aprenden a vivir con nuevas limitaciones. Muchos luchan por recuperar su independencia. Pero todos comparten algo: el costo de sobrevivir, porque, después del accidente, lo más difícil no es levantarse: es sostenerse.





Rossanna Figueroa