El Barça campeón: de Hansi Flick, de su papá y del mío
Una dedicatoria eterna para el primer maestro

El Barça es campeón de España por segundo año consecutivo. Lo hizo de manera muy especial, como nunca se había hecho, cantando el alirón en un Clásico en el que venció al rival de siempre.
Esa misma mañana, Hansi Flick recibió la llamada de mamá para decirle que papá había muerto. El viernes, justo dos días antes, también falleció el mío.
Mientras veía el partido, imaginaba los sentimientos de Flick, las cosas que le pasaban por la cabeza, los momentos vividos, los recuerdos que, aun en situaciones de extrema concentración, por más alemán que seas, te invaden.
Porque durante todo el fin de semana, y ahora mismo mientras escribo estas líneas, me visitan los ecos de las conversaciones interminables sobre Cubillas, González, Chumpitaz, La Torre, Fuentes, Mifflin, Challe, Gallardo, Perico León, Baylón; protagonistas de ese Perú irrepetible de México 70´, en el que Pelé fue tricampeón del mundo en quien, para muchos, incluido él, fue la mejor selección de la historia.
En esas charlas de domingo por la mañana en las gradas del techado del Colegio San Judas Tadeo, mientras descansaba y esperaba su turno para volver a jugar en la sagrada pichanga de la entrañable comunidad peruana en Santo Domingo, me reclamaba con tristeza no haya sido hincha del Barça. Casi todos los de su generación lo fueron gracias a otra gran leyenda: Hugo "El Cholo" Sotil, uno de los mejores socios que tuvo Johan Cruyff en la cancha.
Jorge Drexler dice que la orfandad es reconocer el niño dentro tuyo, un momento en el que convergen el desamparo, pero también juego. Por eso, a lo mejor quien hoy comparte con ustedes es aquel chibolo de ocho años viendo junto a papá el pase imposible de Maradona a Caniggia, el gol de Freddy Rincón a Alemania en San Siro, los penales de la semifinal de San Paolo; todo en Italia 90´, el primero que registra mi memoria. O, a lo mejor el de aquella tarde que iba agarrado de su mano entrando al Club San Gerónimo para presentarme a un tal Jorge Rolando Bauger y de inmediato pasar a formar parte de una escuela donde viví años maravillosos y de la que nunca me fui.
El partido terminó, las calles de Barcelona se tiñeron de azulgrana y yo sigo viendo a Flick fundiéndose en aquel abrazo con su staff y jugadores, escuchándolo comparecer en la rueda de prensa dedicándole el campeonato a su viejo. Mientras tanto, por acá me toca ir despidiéndome de ustedes y cerrando esta columna que hoy, como todas las que vuelva a escribir en lo adelante, se la dedico e irán dedicadas al mío.

Francisco Lapouble