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Gloria pasajera, infamia eterna

La justicia que Maduro despreció es ahora su único refugio

Sic transit gloria mundi. La frase, vieja como el poder mismo, debería zumbarle en la cabeza a Nicolás Maduro, si alguna vez se tomó la molestia de aprenderla. El mundo, en cambio, la entendió sin necesidad de latín al verlo comparecer ante un juez de 91 años en Nueva York, arrastrando consigo a su esposa en una escena que ya pertenece al álbum de la infamia. Caída política estrepitosa. Humillación pública, meticulosamente registrada.

El contraste es casi obsceno. El hombre que negó garantías, jueces independientes y derecho a la defensa a miles de venezolanos será ahora juzgado con todas las protecciones del Estado de derecho. Tendrá abogados caros, eficaces, con trajes mejor planchados que sus discursos. Podrá hablar, patalear, repetir sus consignas gastadas. La justicia que despreció se le ofrece como un privilegio. Ironías de la civilización.

Pero hay imágenes que no se borran con tecnicismos jurídicos. La cara de Cilia Flores, habituada a los afeites caros, al maquillaje de estudio y a la escenografía del poder apareció marcada con vendas por golpes durante la detención. El uniforme, ese disfraz que Maduro usó para parecer Estado, no alcanzó para protegerla del destino común de los abusadores cuando se quedan solos. El poder, sin relato ni fusiles, es apenas carne vulnerable.

Cilia Flores, convertida en testigo y protagonista del derrumbe, ahora comparte la vergüenza adicional del traje carcelario y el banquillo de la deshonra.

Maduro compareció ante la majestad de la corte como lo que siempre fue bajo el uniforme y la retórica: un delincuente. La gloria pasó. Queda el expediente. Y la certeza de que su poder sin límites terminó para suerte suya frente a un juez, pero sin aplausos, sin épica y sin chaleco antibalas que lo proteja de la verdad.

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Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.