Sabia naturaleza
Del machete al supermercado: la nueva ruta del coco
La naturaleza es sabia. Como en el Caribe la sed de justicia nunca se apaga, nos dio el coco de agua como modesta compensación. No resuelve nuestros agravios, pero al menos los hace más llevaderos bajo un sol que tampoco conoce la misericordia.
El cocotero pone color tropical a las playas, alimenta la postal con que vendemos el país y, sin pedir subsidios ni convocar ruedas de prensa, produce riqueza. Dentro de su fruto guarda una bebida limpia, refrescante y reparadora, servida en el envase más ecológico que haya concebido industria alguna. No lleva etiqueta, campaña publicitaria ni fecha de vencimiento impresa. Le basta con caer de la mata.
Poco importa que jamás descifremos el antiguo enigma de por dónde le entra el agua al coco. A falta de respuesta, hemos aprendido lo verdaderamente útil: cómo sacarla, conservarla, industrializarla y colocarla en una dieta cada vez más inclinada hacia lo natural.
El agua de coco hidrata, repone electrolitos y ayuda a devolverle al organismo su equilibrio iónico. No es pócima milagrosa ni reemplaza el agua común, pero resulta bastante más sensata que tantas bebidas disfrazadas de energía, cargadas de azúcar, colorantes y promesas.
Su consumo crece en la República Dominicana. Ya no se limita al vendedor callejero que maneja el machete con destreza quirúrgica. Ha llegado embotellada a supermercados, gimnasios y mesas, mientras unas diez industrias nacionales la procesan y envasan.
Se esconde una oportunidad mayor. Un país con vocación cocotera puede convertir paisaje en agroindustria y tradición en exportaciones. Solo tendría que hacer algo que suele costarnos más que abrir un coco: organizarse.
Sería una rareza saludable aprovechar con inteligencia una riqueza que ya tenemos, en vez de inventar para descubrirla nuevamente. La naturaleza hizo su parte. Falta que el Estado no agüe el agua. O nos dé cocotazos.

Aníbal de Castro