Si Sócrates se diera una vuelta por Santo Domingo hoy
Una mirada ética a la vida dominicana contemporánea

Imaginemos por un momento que Sócrates, el filósofo ateniense que hizo de la pregunta un método y de la incomodidad una virtud, aterriza hoy en Santo Domingo. No trae escoltas ni discursos preparados. Viste sandalias, una túnica sencilla y carga lo único que siempre llevó consigo: una curiosidad incómoda. No vendría a dar cátedra. Vendría a preguntar.
Empieza su recorrido en el Malecón. Se sienta a mirar el mar, observa los carros pasar a toda velocidad, la música alta, la gente caminando y conversando. Escucha hablar de progreso, de torres nuevas, de turismo récord. Y lanza su primera pregunta, suave pero punzante:
—¿El progreso es lo que se ve... o lo que se vive?
Nadie responde del todo. Cambian de tema.
Camina luego hacia la Zona Colonial. Admira las piedras antiguas, los museos, las placas históricas. Se alegra al ver turistas, pero frunce el ceño cuando nota basura en una esquina y desorden en otra. Pregunta a un transeúnte:
—Si este es el origen de la ciudad, ¿por qué lo tratamos como si fuera prestado?
Silencio. Una risa nerviosa. "Así somos", le dicen.
Sigue hacia el Mercado Modelo. Aquí se siente cómodo. Escucha al comerciante, al motoconchista, al que resuelve el día como puede. Nota ingenio, trabajo duro, creatividad sin pausa. Pero vuelve a preguntar:
—¿Por qué el esfuerzo siempre tiene que ir acompañado de la trampa?
Le responden: "Maestro, si no es así, no se puede".
Ahí Sócrates se pone serio.
Toma una guagua y cruza la 27 de Febrero a las seis de la tarde. Tapón, bocinas, imprudencias, gente cruzando donde no debe. Observa y concluye en voz alta:
—Aquí todos se quejan del caos, pero cada uno aporta un poquito.
Algunos se molestan. Otros bajan la mirada.
Más tarde llega al Parque Independencia. Se sienta bajo la sombra y piensa en la palabra libertad. Escucha discursos, opiniones, quejas contra los políticos, contra el Estado, contra "los de arriba". Entonces pregunta lo que nadie quiere oír:
—¿Y cuando nadie los ve, ustedes actúan distinto a esos a quienes critican?
Ahí el ambiente se enfría.
Al final del día, Sócrates no diría que la República Dominicana es un mal país. Todo lo contrario. Diría que es un país lleno de vida, talento y corazón, pero atrapado en una costumbre peligrosa: normalizar lo incorrecto y luego quejarse de las consecuencias.
Diría que aquí no falta capacidad, falta coherencia.
Que no falta ley, falta respeto por ella.
Que no faltan valores, falta practicarlos cuando incomodan.
Y antes de irse, dejaría caer su frase, dicha casi como quien aconseja a un amigo:
—Una vida —y un país— que no se revisa, termina creyendo que todo está bien... hasta que ya no lo está.
Luego se levantaría, se perdería entre la gente, y nos dejaría con la pregunta más difícil de todas:
¿Estamos dispuestos a cambiarnos a nosotros mismos antes de exigir que cambie el país?

Andrés Aybar Báez
Andrés Aybar Báez