La sustancia negra y la memoria
Venezuela y su histórica vocación de libertad continental

Lo que hoy conocemos como Panamá, Colombia, Perú, Ecuador y Bolivia fue, en el siglo XIX, territorio de acción directa de la causa libertadora impulsada desde Venezuela. No se trató de una empresa local ni aislada, sino de un movimiento con vocación continental, cuya resonancia alcanzó incluso escenarios extraamericanos. Aquella lucha no fue un gesto endogámico. Contó con apoyos diversos y decisivos. Haití, de manera temprana y generosa; británicos y franceses a través de sus legiones; norteamericanos que vieron en esas guerras una prolongación de su propia experiencia emancipadora. Muchos hombres de distintas nacionalidades dejaron la vida en los campos de batalla de la independencia. La noción contemporánea de "injerencia" muta cuando se la mira a la luz de esa historia compartida.
Desde entonces, la democracia venezolana —con todas sus interrupciones y fracturas— no ha reconocido fronteras rígidas cuando se ha tratado de promover la idea de libertad en Centroamérica, el Caribe y América del Sur. No es casual que hoy las actas de las elecciones ganadas por EGU se encuentren resguardadas en la bóveda del Banco Central de Panamá. Hay en ese gesto una continuidad histórica. La política venezolana, para bien o para mal, siempre se ha movido en clave regional.
Conviene decirlo con claridad: lo que está en juego no es solo un conflicto interno, sino una lucha de poder de largo aliento. Venezuela acumula más de cinco lustros de muertos, presos y exiliados. Ese costo humano no es una abstracción ni una cifra retórica. Mientras ese drama persiste, el tablero regional ofrece paradojas difíciles de ignorar: hoy mismo, Cuba exporta petróleo.
La relación entre Venezuela, el petróleo y Estados Unidos a lo largo del siglo XX constituye uno de los ejes menos comprendidos —y más determinantes— de nuestra historia contemporánea. A comienzos del siglo pasado, de la tierra brotaba una sustancia oscura que apenas sabíamos administrar. En alianza con empresas y capital estadounidense, ese recurso se convirtió en riqueza, infraestructura y Estado. Más tarde, en los años setenta, llegó la nacionalización y con ella el nacimiento de PDVSA, una empresa que hasta la irrupción de Chávez fue referencia mundial por su solidez técnica y su gestión profesional, mayoritariamente en manos venezolanas.
Cerca de una quinta parte de las reservas probadas de petróleo del mundo se encuentran en Venezuela. Durante la Segunda Guerra Mundial fuimos proveedores confiables de los aliados, y los ingresos de esa etapa se tradujeron en obras civiles monumentales y en una acelerada modernización del país. Esa memoria material aún está ahí, incluso bajo las ruinas.
Por eso conviene desconfiar de los diagnósticos apresurados. Los procesos históricos no se resuelven en un golpe de efecto ni en un titular. Esto no se acaba, ni puede acabarse, en un abrir y cerrar de ojos. La historia venezolana ha sido siempre más larga que sus crisis.
Agradezco, finalmente, al pueblo dominicano —con su propia tradición de lucha y resistencia— por acompañar la causa de la libertad venezolana y por mantener viva la preocupación por nuestra gente. Ese gesto, también, forma parte de una historia que no reconoce fronteras cuando se trata de dignidad.

Rafael Coronel