Humildad minera: del "permiso" a la confianza
Una reflexión desde el sector minero sobre reconocer, reparar y cambiar de verdad

Si la minería tiene futuro, es porque primero hemos pedido perdón con hechos: reconociendo nuestros pecados del pasado, abandonamos la soberbia por el diálogo y demostramos —no que prometemos— que hoy operamos con estándares que ponen la dignidad humana y el agua por encima de cualquier tonelada.
Es tentador responder a los cuestionamientos con estadísticas, con tecnicismos o con la frase fácil: "no todos somos iguales". Pero esa reacción, aunque a veces sea cierta, suele fallar en lo esencial: la confianza no se exige; se gana. Y se gana cuando el sector acepta que hay heridas históricas —sociales, ambientales e institucionales— que no se borran con campañas ni con comunicados, sino con cambios verificables en la manera de operar.
Hablar desde el sector minero hoy implica mirar hacia atrás sin maquillaje. Implica admitir que, en distintos momentos y lugares, la minería fue parte del problema: dejó pasivos, degradó cuencas, alteró paisajes, dividió comunidades, alimentó conflictos y se benefició —a veces— de marcos débiles o capturados por intereses. También implica reconocer un pecado menos material pero igual dañino: nuestra soberbia. La soberbia de llegar a los territorios con prisa, con presentaciones, con el "manual" ya escrito; la soberbia de creer que explicar era suficiente, que el permiso legal bastaba, que la oposición era ignorancia o mala fe.
Ese estilo de relacionamiento fue un error. Y lo pagamos caro: con desconfianza, con polarización, con proyectos paralizados, con reputación deteriorada y, sobre todo, con sufrimiento real en comunidades que sienten —con razón— que fueron escuchadas tarde o no fueron escuchadas.
El cambio de narrativa no puede ser cosmético
En los últimos años, algo se ha movido. El sector ha ido entendiendo que la vieja narrativa de "minería = progreso" ya no convence por sí sola. Porque el progreso no se mide solo en empleos y aportes fiscales; también se mide en calidad de agua, salud pública, cohesión social, transparencia y justicia territorial.
Por eso, el verdadero cambio de narrativa ha sido un cambio de enfoque: pasar de beneficios a garantías. No basta con decir "generamos desarrollo"; estamos garantizando que el desarrollo llegue y permanezca. No basta con "consultar"; hay que garantizar procesos de participación que la gente sienta reales y respetuosos. No basta con prometer "cierre responsable"; hay que garantizar que existan recursos intocables desde el día uno para remediación y rehabilitación. No basta con proclamar "transparencia"; hay que garantizar trazabilidad, auditoría y rendición de cuentas.
Porque el país ya entendió algo que antes se ignoraba: los riesgos y costos de la minería, cuando se gestionan mal, no los paga la empresa; los paga la sociedad. Y eso es moralmente inaceptable y políticamente insostenible.
"Pagar los pecados": qué significa en la práctica
Pagar no es una frase dramática. Es una agenda concreta de responsabilidades. Si somos honestos, "pagar" significa asumir costos que históricamente se externalizaron a comunidades y al Estado. Significa poner candados donde antes bastaban promesas. Algunas rutas son claras:
Información completa y entendible. Los estudios ambientales y sociales no pueden ser documentos solo para técnicos. Deben ser comprensibles, accesibles y discutibles. La gente no rechaza lo que entiende; rechaza lo que siente impuesto.
Participación temprana, no tardía. Llegar al final del proceso con el proyecto "casi decidido" no es diálogo. El diálogo real se hace cuando todavía hay alternativas sobre la mesa.
Cierre financiado desde el inicio. El país no debería volver a temer que un pasivo termine siendo una deuda pública. Los mecanismos financieros de cierre y postcierre deben ser robustos, auditables e intocables.
Transparencia como regla, no como favor. Pagos al Estado, compromisos socioambientales, monitoreos de agua, cumplimiento de permisos: todo debe poder verificarse. La transparencia no solo protege a la sociedad; también protege a las empresas serias frente al ruido, los rumores y la manipulación.
Desarrollo territorial con resultados, no con fotos. Las comunidades no viven de inauguraciones. Viven de agua segura, caminos mantenidos, empleos dignos, capacitación, compras locales, salud y educación. El desarrollo debe medirse y auditarse, con indicadores y seguimiento ciudadano.
Humildad: la nueva licencia social
Hay un cambio cultural que el sector ha abrazado sin reservas: la licencia social no se trata de "ganar una conversación", sino de construir una relación. Y esa relación exige humildad.
Humildad para reconocer errores y pedir disculpas cuando corresponde. Humildad para aceptar que el miedo no es ignorancia; a veces es memoria. Humildad para comprender que el territorio no es un trámite. Humildad para corregir prácticas, incluso cuando "la ley lo permite".
En un país que discute una modernización de su marco minero, la pregunta real no es si habrá minería, sino qué tipo de minería será aceptable en el siglo XXI: una que opera en enclaves y se defiende con discursos, o una que esta integrada al proyecto nacional con reglas claras, instituciones fuertes y confianza social.
Un pacto nacional de garantías
Desde el sector, la invitación es a salir del choque de consignas y entrar en un pacto de garantías verificables: garantías ambientales, sociales, fiscales e institucionales. Un pacto donde el Estado fortalezca su capacidad de evaluar, fiscalizar y sancionar; donde las empresas asuman estándares más altos que el mínimo; y donde las comunidades participen con información y respeto.
El futuro de la minería se decide en la consistencia diaria: en cómo se escucha, en cómo se responde, en cómo se repara y en cómo se previene.
Hemos cambiado, y se nota. Se puede auditar. Se puede comprobar. Porque, al final, la única narrativa que sirve es la que sostenemos con hechos.
Martín Valerio Jiminian