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Los griegos tenían razón

Robert D. Kaplan y la urgencia de pensar trágicamente en tiempos de guerra

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Los griegos tenían razón
Tras su error al apoyar la guerra de Irak, Robert D. Kaplan propone recuperar la "mentalidad trágica" de los dramaturgos griegos. (FUENTE EXTERNA)

Pones las noticias y ves otro conflicto. Otro mapa con flechas, otro experto explicando lo que nadie previó, otra cifra de muertos pronunciada con voz neutra. Apagas. O sigues mirando con esa mezcla de horror y perplejidad que se ha vuelto habitual. ¿Por qué, con todo lo que sabemos, seguimos sin aprender? El analista y periodista estadounidense Robert D. Kaplan ofrece una respuesta incómoda: seguimos pensando con las herramientas equivocadas.

Kaplan no habla solo desde la teoría. Ha sido corresponsal de guerra en varios continentes y ha dedicado décadas a intentar entender por qué el mundo se comporta como lo hace. También cometió un error que marcó su pensamiento: apoyó la invasión de Irak en 2003. Lo que siguió —el caos, la violencia sectaria, el sufrimiento multiplicado— lo llevó a una depresión clínica. «Fallé mi prueba como realista en el tema más importante de nuestra época», escribiría después.

De esa experiencia nació su libro La mentalidad trágica, con una tesis poco convencional: para comprender la política internacional contemporánea conviene volver al teatro griego. No a los manuales de estrategia, sino a Esquilo, Sófocles y Eurípides. Hace veinticinco siglos, estos dramaturgos mostraron algo que la política moderna suele olvidar: el poder tiene límites, la desmesura cobra su precio y los conflictos humanos rara vez enfrentan el bien contra el mal. Con frecuencia enfrentan un bien contra otro bien.

La mentalidad trágica no es pesimismo. Es la aceptación de que gobernar —y observar el mundo— implica reconocer que no existen soluciones limpias. La seguridad de un pueblo puede chocar con la libertad de otro. El orden puede contradecir la justicia. Intervenir puede ser tan costoso como no intervenir. Quien cree haber encontrado la respuesta perfecta suele estar a punto de cometer el siguiente error.

Cada tragediógrafo ofrece una lección distinta. Esquilo escribió desde la perspectiva del enemigo derrotado, un temprano ejercicio de empatía estratégica. Sófocles mostró cómo la catástrofe puede derrumbar incluso la vida más segura. Eurípides dio voz a quienes la guerra empuja a los márgenes: mujeres, niños y vencidos, cuyo sufrimiento rara vez encuentra redención.

La sabiduría trágica se paga. A Kaplan le costó décadas de experiencia y un error con consecuencias humanas. Pero de esa pérdida surge una enseñanza: aprender del dolor para imaginar —y quizá evitar— el ajeno.

Hoy, en un mundo que premia las certezas rápidas, la conciencia trágica resulta incómoda. No promete soluciones perfectas, solo la búsqueda del menor de los males. Tal vez por eso sigue resonando la advertencia de Heródoto: los seres humanos saben mucho, pero controlan poco.

Kaplan insiste en que los mapas y los datos explican el contexto geopolítico, pero no bastan para comprender las pasiones humanas que mueven la historia. Los hombres no son variables de laboratorio. La política, como la tragedia, está hecha de decisiones imperfectas, de dilemas sin salida limpia.

Pensar trágicamente no es derrotismo. Es, quizás, la última forma de sabiduría política que nos queda.

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