La vejez: el privilegio de seguir viviendo
El arte de envejecer con dignidad y lucidez espiritual
La edad la tenemos desde el instante mismo en que nacemos. Ahí comienza el conteo silencioso del tiempo. La vejez también nace con nosotros, aunque nadie la vea ni piense en ella. Crece lentamente, escondida bajo la energía de la juventud, bajo esa sensación de fortaleza que hace creer al ser humano que el cuerpo será siempre obediente y resistente.
Durante los años jóvenes no percibimos los pequeños cambios que ocurren dentro del organismo. El cuerpo soporta excesos, noches sin dormir, comidas pesadas, largas jornadas de trabajo y tensiones continuas. Parece invencible. La vida transcurre con la ilusión de que el tiempo pertenece siempre a los otros.
Pero un día cualquiera, generalmente después de los cincuenta o cincuenta y cinco años, ocurre algo distinto. Alguna actividad cotidiana comienza a producir cansancio. Una comida o una bebida ya no cae igual. El sueño se altera. Las fuerzas responden con menos rapidez. Y entonces comprendemos, casi en secreto, que algo ha comenzado a cambiar.
No suele comentarse con amigos ni familiares. Apenas se piensa en ello. Tal vez porque admitirlo sería aceptar una verdad que durante décadas parecía lejana: la vejez ha iniciado su entrada silenciosa.
La vida continúa aparentemente normal. Seguimos trabajando, conversando, haciendo planes, riendo con los amigos y soñando proyectos. Pero, en el fondo, sabemos que algo ya no funciona exactamente igual. Los días pasan, luego los meses y finalmente los años, hasta que la realidad se impone con una sinceridad imposible de ignorar.
La vejez encuentra espacio en el organismo por distintas vías: dolores persistentes, problemas renales, insomnio, limitaciones físicas, temblores en las manos o el temor silencioso a enfermedades más graves. Y es entonces cuando descubrimos una realidad inevitable que debe ser aceptada, porque negarla sería todavía peor: somos viejos.
Sin embargo, la vejez no tiene por qué convertirse en decadencia o tristeza. También puede ser una etapa de lucidez y profundidad humana. El viejo pierde velocidad, pero gana perspectiva. Disminuyen las fuerzas físicas, pero aumenta la comprensión de la vida. Se aprende que muchas preocupaciones eran insignificantes y que gran parte de las angustias juveniles no merecían tanto desgaste emocional.
La edad enseña a valorar lo esencial: la tranquilidad del hogar, la conversación sincera, el cariño de los hijos y los nietos, la serenidad espiritual y el privilegio de despertar cada mañana. Ya no se corre detrás de tantas apariencias ni se desperdicia tiempo en trivialidades. Se descubre que el verdadero lujo consiste en conservar la dignidad, la paz interior y el afecto de quienes nos rodean.
La tragedia no es llegar a viejo. La verdadera tragedia sería no llegar. Envejecer es, al final, el privilegio reservado para quienes logran sobrevivir al paso feroz del tiempo, a las enfermedades, a los accidentes y a las incertidumbres de la existencia.
Por eso, si a los ochenta años todavía se conserva autonomía, aunque sea con ayuda de un bastón; si la alimentación y los medicamentos están resueltos, entonces no hay razón para acostarse a esperar el final. Hay que moverse. Compartir con otros. Escuchar música. Leer hasta que los ojos se cansen. Conversar. Reír. Participar en actividades útiles para la sociedad y ayudar, dentro de las posibilidades, a los más vulnerables.
También es tiempo de dejar memoria. Escribir recuerdos, pensamientos e historias familiares, aunque nunca se publiquen. Algún día los nietos encontrarán esas páginas y descubrirán allí no solo palabras, sino la voz íntima de su abuelo. Y, si no se quiere escribir, siempre queda la posibilidad de grabar historias en un teléfono celular. Escuchar esa voz cuando ya no esté será, para la familia, una especie de bendición contra el olvido.
Porque mientras exista deseo de vivir, de aprender, de amar y de servir, la vejez seguirá siendo no el final de la vida, sino otra manera —más lenta y más sabia— de seguir viviéndola.

Luis González Fabra
Luis González Fabra