Cuando la ciudadanía se escribió en primera persona (Clase 35)
El artículo 75 en la escuela, el pilar moral que sostiene el futuro de la democracia dominicana

Hay clases en las que el aula deja de ser un lugar donde se repiten contenidos y se convierte, por una hora, en una pequeña escena de República. Eso sentí en la clase 35 de Constitución Viva para Todos y Todas, impartida en el Centro Educativo Celeste Aida del Villar. El tema de la jornada tenía una sobriedad que, en este tiempo, casi resulta contracultural: derechos, deberes y compromisos ciudadanos. No era un tema diseñado para entusiasmar por facilidad, sino para formar por profundidad. La secuencia pedagógica estaba construida con precisión: lectura común del artículo 75 de la Constitución, reflexión a partir de la película Los Inventores y una dinámica grupal titulada Mi Carta de Compromiso Constitucional.
Las imágenes de la jornada permiten entender que no se trató de una simple exposición sobre civismo. Se ve al maestro frente a la pantalla explicando los deberes constitucionales no como una lista muerta de obligaciones, sino como una pedagogía de responsabilidad. Se ve a una estudiante escribiendo una palabra sobre un mural, como si entendiera que a veces una nación entera puede resumirse en una decisión íntima. Se ve a varios jóvenes ponerse de pie para leer en voz alta sus compromisos, apropiándose de la palabra pública con esa mezcla de nervios, dignidad y coraje que anuncia el nacimiento de una conciencia cívica. Se ve incluso una pieza simbólica de gran fuerza: dos fragmentos que encajan y dicen, de un lado, "Si quiero derechos..." y, del otro, "...debo ejercer deberes". Hay allí una lección completa de democracia, condensada en una imagen sencilla.
Durante demasiado tiempo hemos acostumbrado nuestra conversación pública a una idea incompleta de la ciudadanía. Hablamos mucho —y con razón— de los derechos que el Estado debe garantizar, pero hablamos menos de la conducta que la vida democrática tiene derecho a esperar de nosotros. Queremos instituciones eficaces, pero no siempre cultura de cumplimiento. Queremos seguridad, pero no siempre disciplina cívica. Queremos educación, pero no siempre responsabilidad con el aprendizaje. Queremos una mejor democracia, pero con frecuencia olvidamos que la democracia también se deteriora cuando se normaliza la evasión del deber, el descuido de lo común y la costumbre de vivir como si la República fuese una proveedora infinita de beneficios y no también una comunidad de obligaciones compartidas.
Por eso la lectura del artículo 75 fue el centro real de la jornada. La Constitución dominicana no habla allí con tono ornamental, sino con mandato moral y jurídico. Habla de respetar y cumplir la Constitución y las leyes, de votar, de tributar, de asistir a los establecimientos educativos, de cooperar con el Estado en materia de asistencia y seguridad social, de actuar conforme al principio de solidaridad y de proteger los recursos naturales del país. En otras palabras, recuerda algo que la vida pública suele dejar al margen: que los derechos fundamentales reconocidos en la Constitución determinan también un orden de responsabilidad. No se trata de una cláusula secundaria del texto constitucional. Se trata de una de sus columnas vertebrales.
Lo más valioso de la clase fue que no dejó esa verdad en el terreno abstracto. La dinámica de la Carta de Compromiso Constitucional obligó a cada estudiante a traducir el deber en lenguaje propio. Ya no era "los ciudadanos deben", sino "yo me comprometo". Ese cambio de pronombre es enorme. Porque mientras el deber permanece en tercera persona, sigue pareciendo ajeno, lejano, decorativo. Pero cuando pasa a la primera persona, entra en la conciencia. Se convierte en decisión, en límite, en conducta, en espejo. Eso fue exactamente lo que ocurrió en el aula: la Constitución dejó de parecer un texto externo y comenzó a funcionar como una carta que cada uno debía escribirle a su propia vida.
La elección de Los Inventores como detonante audiovisual también fue un acierto. Algunas historias sirven para recordar que la creatividad, la disciplina y la persistencia no son solo virtudes privadas, sino fuerzas públicas. Un país no se construye únicamente con grandes discursos, grandes presupuestos o grandes promesas. También se construye con constancia, con responsabilidad, con la decisión de hacer bien lo pequeño y con la capacidad de convertir una idea en tarea. En ese sentido, la película dialogaba muy bien con el eje de la clase: el deber no es solamente obediencia; también es trabajo, formación, perseverancia, contribución y respeto por el proceso que hace posible el logro.
Me impresionó, además, la seriedad de los jóvenes. No había apatía. No había distancia cínica. Había escucha. Había atención. Había una disposición genuina a poner por escrito un compromiso y a sostenerlo en voz alta frente a los demás. Y eso importa mucho. Porque un joven que aprende a vincular sus derechos con sus deberes empieza a comprender una verdad esencial: que la libertad no consiste en hacer cualquier cosa, sino en saber vivir con los demás sin deteriorar el marco que protege a todos. Esa lección vale más que muchos reglamentos. Vale incluso más que muchas campañas públicas. Porque ya no trabaja solo sobre la conducta visible, sino sobre el fundamento ético de la conducta.
Tal vez por eso esta clase dialoga tan bien con el momento del país. La República Dominicana necesita mejores instituciones, sí; más eficacia pública, también; más cumplimiento de la ley, sin duda. Pero necesita además una renovación silenciosa de su cultura cívica. Necesita ciudadanos que entiendan que pagar impuestos no es castigo, sino contribución; que asistir a la escuela no es trámite, sino deber formativo; que cuidar el ambiente no es romanticismo, sino responsabilidad constitucional; que la solidaridad no es filantropía ocasional, sino parte del orden moral de la República. Necesita, en suma, una ciudadanía menos centrada en la demanda infinita y más dispuesta a asumir la parte que le corresponde en el sostenimiento de lo común.
La escuela, en este punto, vuelve a mostrarse como mucho más que un espacio de transmisión de contenidos. Se convierte en taller de carácter cívico. Allí donde la sociedad a veces enseña inmediatez, la escuela puede enseñar responsabilidad. Allí donde el entorno normaliza el "eso no me toca", la escuela puede enseñar compromiso. Allí donde la norma parece fría, la escuela puede volverla experiencia moral. Y allí donde algunos todavía creen que la ciudadanía comienza solo con la mayoría de edad, la escuela puede demostrar que empieza mucho antes: en el momento exacto en que alguien comprende que la convivencia democrática también depende de su conducta.
No se trata, desde luego, de moralismo vacío. Se trata de algo mucho más serio: de la relación entre deber y dignidad. Porque solo una sociedad que entiende sus deberes puede proteger de verdad sus derechos. Solo una comunidad que respeta la ley puede exigir justicia con legitimidad. Solo una ciudadanía que asume compromisos puede sostener un Estado social y democrático de derecho sin convertirlo en promesa hueca. Esa fue la enseñanza de fondo de la jornada. Y por eso me parece una de las más importantes de toda la serie.
Al salir del aula pensé que, a veces, un país entero puede resumirse en una escena mínima: una estudiante escribiendo una palabra en un mural, un maestro señalando el artículo 75, un grupo de jóvenes leyendo en voz alta aquello que están dispuestos a hacer por sí mismos y por los demás. Tal vez esa sea una de las lecciones más hondas de esta bitácora: que la Constitución no solo nos enseña a reclamar lo que merecemos, sino también a convertirnos en personas capaces de merecer lo que reclamamos. Y ese tránsito, el más difícil y el más noble, comienza cuando la ciudadanía deja de hablar solo en nombre de sus derechos y aprende, por fin, a escribirse también en nombre de sus deberes.









Pablo Ulloa