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Franklin Polanco, navegador en los cielos

La huella inolvidable de Franklin Polanco en las redacciones dominicanas

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Franklin Polanco, navegador en los cielos
Franklin Polanco. (FUENTE EXTERNA)

La muerte reciente de Franklin Polanco ocupó titulares que destacaron, con razón, sus aportes a la aviación civil y a los Auxiliares Navales Dominicanos, institución de la que fue fundador y en la que alcanzó el rango de vicecomodoro Ad Vitam.

Sin embargo, para quienes ejercimos el periodismo en las décadas posteriores a la Revolución de Abril, Franklin fue mucho más que un piloto o un hombre de mar. Su verdadera dimensión quedó apenas insinuada en muchas de las necrológicas. El periodismo dominicano estuvo entre sus grandes deudores.

Antes de convertirse en una referencia de la aviación, fue periodista. Así lo recuerdo, grabadora en mano —una de aquellas sofisticadas para la época— cubriendo informaciones para La Voz de América cuando el país todavía buscaba reencontrar la normalidad tras los años convulsos de la guerra civil.

Aquella experiencia periodística marcaría para siempre su manera de relacionarse con los medios. Comprendía las urgencias de una redacción, conocía los tiempos del reportero y entendía que la información no podía quedar atrapada en los laberintos de la burocracia.

Por eso, cuando pasó al Servicio de Información de Estados Unidos (USIS), encontró el escenario ideal para desplegar unas cualidades poco comunes. Durante décadas fue, probablemente, el mejor enlace que haya tenido la embajada estadounidense con la prensa dominicana.

Muchos lo conocimos primero en las oficinas del USIS de la calle El Conde, frente al Parque Independencia, cuando aquel edificio era un punto de encuentro obligado para periodistas, estudiantes e intelectuales. Más tarde, ya en la sede de la avenida México —rebautizada posteriormente como Centro Franklin— alcanzó la plenitud de una carrera construida sobre la eficacia silenciosa.

Nunca necesitó protagonismo. Lo suyo consistía en hacer que las cosas ocurrieran. Con una cortesía que jamás parecía forzada y una disposición permanente para ayudar, Franklin resolvía problemas antes incluso de que terminaran de planteársele. Conseguía entrevistas, facilitaba contactos, despejaba dudas, organizaba visitas, abría puertas. Era el hombre al que todos acudían porque sabían que siempre encontrarían una respuesta.

Su impecable dominio del inglés le permitía servir de traductor cuando era necesario, pero su verdadero talento consistía en traducir culturas. Era el puente entre diplomáticos recién llegados al país y una prensa que necesitaba interlocutores confiables. Hacía comprensible un mundo para el otro.

Junto a su esposa, Patria —también funcionaria del USIS— formó una de esas parejas cuya cordialidad terminaba convirtiéndose en institución. Ambos compartían una vocación de servicio poco frecuente y una generosidad que nunca distinguía jerarquías.

Franklin impresionaba también por una curiosidad inagotable. Cuando el aeromodelismo apenas comenzaba a despertar interés en el país, ya experimentaba con aviones de control remoto. Después vendrían la navegación y la aviación, dos pasiones que cultivó hasta convertirse en referente nacional. Cruzó el Atlántico en un velero junto a un diplomático estadounidense, fue asesor del IDAC y terminó siendo una figura esencial en el desarrollo de la aviación civil dominicana.

Los reconocimientos llegaron con justicia. Pero ninguno describe mejor su personalidad que la naturalidad con la que, ya jubilado, uno podía encontrarlo trabajando aquí o allá, siempre sonriente, siempre dispuesto a conversar, como si el tiempo no hubiera alterado su entusiasmo por la vida.

Todos terminamos marchándonos. La diferencia reside en la huella que dejamos. Franklin Polanco no necesitó grandes discursos ni estridencias para convertirse en un personaje inolvidable. Lo logró ejerciendo una rara combinación de profesionalismo, inteligencia práctica, discreción y bondad. Los titulares recordarán al aviador, al navegante y al fundador de los Auxiliares Navales. Quienes compartimos con él las jornadas del periodismo seguiremos recordando, sobre todo, al hombre que hizo del servicio una forma de vivir y que, sin ocupar nunca la primera plana, ayudó durante décadas a que muchos otros pudiéramos escribirla.

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Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.