La Altagracia ya superó las estadísticas
Consecuencias de planificar con datos desactualizados

Las ciudades cambian. Las economías evolucionan. Los países se transforman. Pero, a veces, las estadísticas tardan demasiado en ponerse al día. Y cuando eso ocurre, el problema deja de ser estadístico para convertirse en un problema de planificación, de inversión pública y, en definitiva, de justicia territorial.
Eso es exactamente lo que ocurre hoy con la provincia La Altagracia.
Durante décadas hemos utilizado la población censada como el principal criterio para distribuir recursos, planificar carreteras, construir hospitales, ampliar acueductos, diseñar escuelas y organizar los servicios públicos. Ese método fue suficiente durante muchos años. Hoy ya no lo es.
La Altagracia no es una provincia convencional.
Aquí se encuentra el aeropuerto internacional de mayor tráfico del país. Aquí se concentra la mayor oferta hotelera de la República Dominicana. Aquí se desarrolla uno de los mercados inmobiliarios de mayor crecimiento del Caribe. Aquí llegan diariamente miles de trabajadores desde otras provincias, además de millones de turistas cada año. Todo eso genera una presión permanente sobre la infraestructura pública que ninguna cifra de población residente, por sí sola, puede describir completamente.
La evidencia física confirma esa transformación.
El Atlas de Expansión Urbana de la Oficina Nacional de Estadística muestra que la huella urbana de Higüey pasó de apenas 1.97 kilómetros cuadrados en 1988 a más de 22 kilómetros cuadrados en 2022. Verón, prácticamente inexistente como ciudad hace pocas décadas, alcanzó cerca de 25 kilómetros cuadrados de superficie urbanizada y ya supera a Higüey en extensión construida.
Mientras tanto, Santiago de los Caballeros, considerada históricamente la segunda gran ciudad del país, pasó de 41.66 a 90.24 kilómetros cuadrados de huella urbana entre 1988 y 2010. La comparación es reveladora: Santiago consolidó su crecimiento durante varias décadas; La Altagracia ha vivido una transformación de magnitud similar en apenas una generación.
Con base en esos indicadores, y dejando claro que no sustituyen un censo oficial, sino que constituyen una proyección técnica, es razonable estimar que la población residente permanente de La Altagracia podría situarse hoy entre 750,000 y 940,000 habitantes, con un valor central cercano a 850,000 habitantes.
Ese crecimiento no ocurre por casualidad.
Cada nuevo hotel demanda empleados. Cada proyecto residencial incorpora nuevas familias. Cada plaza comercial atrae más negocios. Cada carretera genera nuevos desarrollos urbanos. Cada vuelo internacional trae visitantes que utilizan nuestras carreteras, nuestros hospitales, nuestros sistemas de agua, nuestros servicios de seguridad y nuestras infraestructuras públicas.
Las carreteras no distinguen entre un residente y un turista. Los hospitales no preguntan si quien necesita atención aparece en el censo. Los acueductos no suministran agua únicamente a quienes tienen domicilio registrado. La basura no aumenta solo porque crece la población censada. La realidad opera con una lógica mucho más compleja que la estadística tradicional.
Por eso, limitar la planificación únicamente a la población residente comienza a producir decisiones equivocadas.
Las grandes ciudades del mundo ya no se planifican únicamente con censos. Incorporan indicadores de movilidad, consumo de servicios, expansión urbana, empleo, actividad económica y población presente. Es decir, miden cuántas personas utilizan realmente la infraestructura cada día.
Si aplicáramos ese mismo enfoque a La Altagracia, el resultado sería muy distinto. La expansión de la huella urbana, el crecimiento inmobiliario, la demanda energética, la movilidad diaria, la actividad turística y la generación de empleos permiten concluir que la población que utiliza de manera permanente la infraestructura provincial es sustancialmente mayor que la población residente registrada. Diversos ejercicios técnicos basados en esos indicadores sitúan esa población funcional en un rango que podría acercarse al millón de personas durante buena parte del año. No se trata de sustituir el censo ni de desconocer su valor. Se trata de reconocer que una provincia con las características de La Altagracia requiere herramientas de medición adicionales para planificar adecuadamente.
Y esa diferencia tiene consecuencias enormes. Significa hospitales que nacen pequeños antes de inaugurarse. Significa carreteras congestionadas desde el primer día. Significa escuelas insuficientes. Significa acueductos sobrecargados. Significa sistemas de seguridad que siempre llegan tarde al crecimiento.
Pero también significa algo más profundo: que una de las provincias que más aporta al crecimiento económico nacional corre el riesgo de seguir recibiendo inversiones calculadas para la provincia que fue hace veinte años y no para la que es hoy.
No estamos planteando que el país ignore el censo. Todo lo contrario. Estamos planteando que lo complemente.
Ha llegado el momento de incorporar oficialmente el concepto de población funcional en la planificación pública. Es decir, contabilizar no solo a quienes residen en un territorio, sino también a quienes lo utilizan diariamente para trabajar, producir, estudiar, invertir o hacer turismo. Esa metodología ya es utilizada, con diferentes enfoques, por numerosas ciudades y organismos de planificación alrededor del mundo porque refleja con mayor precisión la verdadera demanda sobre los servicios públicos.
Por eso cobra aún más sentido la realización de un censo especial para la provincia La Altagracia. No como un cuestionamiento al trabajo de la Oficina Nacional de Estadística, sino como el reconocimiento de que esta provincia posee una dinámica demográfica y económica excepcional que merece ser medida con herramientas igualmente excepcionales.
La discusión, en el fondo, no es cuántos habitantes tiene La Altagracia. La verdadera discusión es si el Estado está planificando la provincia que aparece en las estadísticas o la provincia que millones de personas viven, trabajan y utilizan todos los días.
Porque cuando las estadísticas dejan de parecerse a la realidad, no es la realidad la que debe cambiar. Es la forma en que decidimos medirla.

Rafael Barón Duluc
Rafael Barón Duluc