El botín del Museo del Oro y la Plata
Un edificio de un millón de dólares para exhibir paneles y palmeras

En las películas del viejo oeste el guion es siempre el mismo. La diligencia cargada de oro avanza por el desfiladero y, mucho antes de que asome, los pistoleros ya están apostados en las peñas. Nadie asalta la mina: se espera al cargamento. En Cotuí ocurre algo parecido, con una variante criolla. El Museo del Oro y la Plata todavía no abre sus puertas —la entrega se anunció para diciembre— y ya hay quienes afinan la puntería. No van por las piezas. Van por la nómina.
Empecemos por reconocer lo evidente. Lo que se prometió levantar en la Plaza Cultural Juan Sánchez Ramírez es un edificio digno: un nivel, estructura metálica, muro cortina de metal y vidrio, unos ochocientos treinta metros cuadrados repartidos entre sala, lobby y un taller en el sótano. Está bien resuelto. Tiene plafón acústico, aire acondicionado, sistema de detección y supresión de incendios, cuatro áreas de estacionamiento asfaltadas, señalización, jardines y veintiséis palmeras reales sembradas al frente. Nadie podría decir que la obra desmerece a la provincia.
A quienes duden de la veracidad de esta investigación les propongo un ejercicio sencillo: acérquense a las más de diez empresas que fueron convocadas al proceso de licitación de esta obra. Todas recibieron las mismas especificaciones, todas las conservan y desde entonces esos documentos circulan por el sector construcción dominicano con la misma naturalidad con que circula cualquier pliego. Hay, por lo menos, diez puertas donde tocar para contrastar renglón por renglón cada cifra de esta columna.
El problema, entonces, no es el continente. Es el contenido.
Según el despacho de prensa difundido en mayo pasado tras una visita de supervisión a la obra encabezada por autoridades del Ministerio de Industria, Comercio y Mipymes, el director general de Minería y ejecutivos de Barrick Pueblo Viejo, "se prevé que la obra sea entregada entre mediados y finales de diciembre del presente año". Repare el lector en el verbo: entregada. No inaugurada. Se entrega un edificio porque hay un edificio que entregar; no se anuncia inauguración, quizá, porque todavía no está claro qué se va a inaugurar.
Ese mismo despacho enumera lo que el museo exhibirá: la historia y los procesos de extracción, la comercialización de los minerales, el valor cultural de los yacimientos de la zona y —textualmente— "espacios informativos sobre los principales yacimientos del país y la contribución del sector minero a la economía dominicana". Paneles. Infografías. Pantallas. Todo muy pedagógico y muy limpio.
Nadie ha mencionado una sola pieza de oro.
No se conoce guion museológico. No se ha presentado un equipo curatorial. No se ha anunciado política de colecciones, ni plan de conservación preventiva, ni reserva técnica, ni sistema de seguridad de acervo, ni presupuesto de museografía separado del presupuesto de albañilería. Cuatro años después del primer palazo y a pocos meses de la fecha de entrega anunciada, la provincia no sabe qué va a haber dentro de ese edificio, y la sospecha razonable —la única que la información disponible permite sostener— es que no lo sabe porque todavía no se ha decidido.
De modo que Cotuí está a punto de estrenar, con toda probabilidad, el único museo del oro del mundo que no tiene oro. Bogotá tiene treinta y cuatro mil piezas. Lima tiene su colección. Cotuí, que se sienta sobre el primer yacimiento minero explotado del Nuevo Mundo, tendrá veintiséis palmeras y un mural explicativo.
Y aquí entra la paradoja que da sentido a esta columna. El aporte anunciado para la construcción fue de un millón trescientos mil dólares, como máximo, y esa cifra fue pactada a mediados de 2022. No se ha movido un centavo desde entonces. En ese mismo lapso, la onza de oro pasó de rondar los mil ochocientos dólares a marcar, el 28 de enero de 2026, su máximo histórico absoluto: 5,589.38 dólares. Hoy, ya corregida, cotiza alrededor de los 4,130.
Que un presupuesto permanezca clavado en dólares nominales durante cuatro años y medio de inflación de materiales no significa estabilidad. Significa lo contrario: significa que algo se recortó por el camino. Y cuando llega el recorte, nunca toca las palmeras ni el asfalto, que se ven. Toca lo que nadie fiscaliza porque nadie sabe cómo valorarlo, que es justamente aquello que convierte un galpón climatizado en un museo.
Pongamos la cifra en escala, que es donde duele. Al precio de esta semana, un millón trescientos mil dólares equivalen a 314 onzas de oro: menos de diez kilogramos. Pueblo Viejo produjo en 2025 alrededor de 632,000 onzas. El museo completo —edificio, plafón, asfalto, palmeras, aire acondicionado— cuesta cuatro horas y veinte minutos de producción de la mina. Representa el 0.2 % de los 649.5 millones de dólares que la empresa declaró haber pagado en impuestos en 2025, monto que ella misma equipara al 12 % de todo el impuesto sobre la renta recaudado por la DGII ese año.
Todo esto en la provincia que, según estimaciones certificadas, dejó de percibir más de diez mil millones de pesos entre 2015 y 2025 por concepto del 5 % de los beneficios netos que le reconoce el párrafo II del artículo 117 de la Ley 64-00. A Sánchez Ramírez se le debe una fortuna y se le entregará una vitrina. Vacía.
Y llegamos al desfiladero. El atraco del Museo del Oro no ocurrirá de noche ni con pañuelo en la cara. Ocurrirá a plena luz, en una resolución administrativa, el día que se designe la dirección del museo. Ya se oyen los caballos. Los trepadores de siempre —esos que jamás pisaron un aula de museología pero se saben de memoria el teléfono de quien firma— llevan meses midiendo la distancia y ensayando el discurso. Si les sale bien, el museo será exactamente lo que su presupuesto anuncia: un edificio bonito con nadie adentro que sepa qué hacer con él.
Existe la alternativa, y es de aquí. Cotuí tiene dos gestores culturales de reputación probada y con formación en museología: Andy Castillo Rivas y Felipe Bautista Orozco, en ese orden. Cualquiera de los dos al frente convertiría un pabellón de relaciones públicas en una institución con guion, con colección y con vocación pedagógica, y lo haría con un conocimiento del territorio que ningún designado de Santo Domingo trae en el maletín. Que se convoque un concurso público de credenciales, que se publiquen los perfiles y que gane la provincia.
Porque el verdadero atraco no sería llevarse el oro del museo. Ese ya no está: salió por la carretera hace años, camión tras camión, con todos los permisos en regla. El verdadero atraco sería que, después de todo eso, le entreguen a Cotuí una sala vacía, le pongan al frente a un allegado o peor a un improvisado y le pidan que aplauda.

Rafael Eugenio Robles