Que la llama no se apague: Santo Domingo 2026
Nuestro deporte clama por mejores dirigentes, por mejor organización, por padrinazgos de verdad

Los Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026 nos han recordado que el deporte es una de las más grandes maravillas del mundo. Estadios repletos, banderas tricolores ondeando en cada tribuna, un pueblo entero con la piel erizada detrás de sus atletas. Ha habido inversión seria en infraestructura, en indumentaria, en la preparación de nuestras delegaciones, y el resultado nos ha llenado el pecho de orgullo. El dominicano está respondiendo como responde cuando algo le toca el alma: desbordándose.
Pero permítanme, en plena celebración, una incomodidad. El apoyo que hoy estremece las gradas es, en buena medida, pasajero. Aplaudimos porque los Juegos ocurren aquí, en nuestro patio, y por eso, sencillamente. Cuando se apague la antorcha y las delegaciones vuelvan a sus países, ¿qué nos quedará? Porque en el día a día, y hay que decirlo sin adornos, desconfiamos de nuestro propio deporte: nos quedamos enumerando las penurias de nuestros atletas y los observamos de lejos, con escepticismo. Pero el deporte que tanto nos alegra y tanto nos une es nuestro, así como el merengue, como el mar, como la bandera, exactamente así, deberíamos cuidarlo.
Nuestro deporte clama por mejores dirigentes, por mejor organización, por padrinazgos de verdad. Clama por una sociedad que exija y por un sector privado que se comprometa más allá de la coyuntura. Los ejemplos existen y emocionan: CRESO, con Felipe Vicini y Manuel Luna a la cabeza y las empresas que lo respaldan, ha demostrado lo que la inversión seria y sostenida puede sembrar en una generación de atletas. Y su clave está en el método: CRESO trabaja con estructura y por resultados; el atleta que no cumple sus metas de entrenamiento, de organización y de disciplina, no puede formar parte del programa. Esa exigencia, lejos de ser dureza, es precisamente lo que hace funcionar al programa. Existen hombres y mujeres que le han entregado la vida a esta causa, a quienes no menciono para no dejar de mencionar a otros. A ellos les aplica, con toda justicia, aquella frase inmortal de Sir Winston Churchill: nunca tantos le debieron tanto a tan pocos. Porque el deporte dominicano ha vivido demasiado tiempo sostenido sobre los hombros de unos cuantos. Y hay que quitarse el sombrero ante ellos, y decirlo con orgullo, porque han cargado durante años, con método y sin aspavientos, un peso que no les correspondía cargar solos. Y ahí está lo que debería incomodarnos: hay demasiado de Atlas en esa postal, el titán mitológico condenado a sostener el cielo sobre sus hombros. Ninguna espalda, por firme que sea, debería cargar sola con un país entero. Que dejen de estar solos no depende de ellos, sino de cuántos hombros decidamos poner debajo.
Y que nadie se equivoque: talento nos sobra. En esta media isla caben muchos Félix Sánchez, muchas Marileidy Paulino, muchas Reinas del Caribe, porque el dominicano es capaz de todo, y lo ha demostrado en cada rincón del mundo donde ha plantado su bandera. ¿Qué nos frena, entonces? Ni las condiciones ni el talento. Nos frena una mentalidad que llevamos arrastrando desde hace generaciones: la de creernos condenados a la mediocridad por ser pobres; la de pensar que un país pobre no merece, ni puede, tener algo organizado, algo bien hecho.
¿Cuántas veces no hemos escuchado a alguien exclamar durante estos juegos, con genuina sorpresa: "¡No, pero eso está bien hecho!", como si la excelencia fuera algo anormal entre nosotros? Esa frase, dicha con asombro, nos delata. No es que no sepamos lucirnos; es que estamos tan acostumbrados a la mediocridad que lo excelente nos parece un milagro, cuando debería ser nuestra exigencia. Mientras no derrotemos ese pensamiento, seguiremos condenados a las estrellas fugaces: destellos de grandeza que brillan a pesar del sistema, nunca gracias a él. Y las estrellas fugaces, por hermosas que sean, fugaces son.
Por eso mi mensaje es sencillo: no nos quedemos aquí. Si a usted le está gustando lo que ve en estos Juegos, si se le aguaron los ojos con el himno o se le escapó un grito con una medalla, entonces apoye a su hijo, a las academias deportivas, al deporte infantil y juvenil. Apoye el deporte dominicano. Porque apoyar nuestro deporte es una manera de sentir, de vivir y de honrar nuestra dominicanidad. Si usted quiere que la bandera tricolor se luzca y que el himno nacional resuene en estadios internacionales, ponga su grano de arena a nivel local. Ahí, en lo pequeño, es donde se fabrica lo grande.
Ahora bien, poner el grano de arena no se limita a aplaudir; también significa exigir. Hay que exigir a nuestros dirigentes deportivos en todas sus instancias. Pidámosles a nuestras federaciones y a la administración una visión de largo plazo. Porque el apoyo sin exigencia es aplauso vacío, y la exigencia sin apoyo, una crítica estéril: un país deportivo se construye con las dos manos.
El deporte nos une como pocas cosas logran unirnos, y es nuestra carta de presentación ante el mundo: la forma más noble de gritar quiénes somos. Santo Domingo 2026 nos lo ha recordado con creces. Que la llama del pebetero se mantenga encendida en nuestro país, en cada cancha, en cada corazón dominicano que decidió, por fin, creer en su deporte. Porque el día que creamos de verdad, dejaremos de preguntar cuándo... y empezaremos a responder: ahora.

Jorge Domínguez-Michelén