Que exista una escalera (Clase 43)
Desarrollo comunitario y responsabilidad empresarial, un compromiso que perdura

El jueves pasado fui a una graduación en Bonao y regresé pensando en el país. En el Politécnico de Formación Integral Cigar Family, los jóvenes de la promoción ESCALEX cerraban una etapa de sus vidas rodeados de padres, maestros y una comunidad que celebraba con ellos. Mientras los veía recibir sus certificados pensé en una afirmación que repetimos con frecuencia: la educación es nuestra principal herramienta de movilidad social. Aquella mañana, sin embargo, pude verla convertida en rostros, historias y oportunidades, y recordar que detrás de cada joven que avanza existe casi siempre una suma de voluntades que hizo posible que llegara hasta allí.
Detrás de aquella graduación hay más de dos décadas de trabajo. Lo que comenzó a partir del compromiso de las familias Fuente y Newman con las comunidades de su entorno fue creciendo hasta convertirse en un proyecto de educación y desarrollo comunitario. Llegaron nuevos espacios, servicios y capacidades, pero quizás lo más importante no sea cuánto creció, sino que permaneció. En un país donde tantas buenas iniciativas dependen excesivamente de quienes las comienzan, encontrar una obra capaz de atravesar generaciones, institucionalizarse y continuar produciendo resultados constituye una lección que merece ser observada.
La entendí mejor recorriendo el centro. Maritza y Josefa fueron dos de mis maestras aquella mañana. Maritza lleva 24 años allí y Josefa más de 20. Me explicaron la evolución del proyecto, su funcionamiento y parte de lo vivido durante todos esos años, pero me brindaron algo bastante más importante que cualquier explicación: pasión. Esa pasión que uno reconoce en quien no habla simplemente del lugar donde trabaja, sino de una obra a la que ha entregado parte de su vida. Mientras las escuchaba pensé en todo lo que cabe dentro de más de dos décadas: generaciones de estudiantes, familias conocidas por sus nombres, niños que llegaron por primera vez a un aula y que hoy probablemente son adultos construyendo sus propias familias. Una escuela puede levantarse con recursos; para transformar una comunidad necesita maestros que crean profundamente en lo que hacen.
Sergio, director administrativo, continuó el recorrido conmigo. Me llevó a conocer el área dedicada a las artes y un anfiteatro donde quedó pendiente una cita que espero cumplir pronto: regresar para ofrecer una conferencia y conversar con sus estudiantes. Encontrar esos espacios me confirmó que allí existe una comprensión amplia de la educación. Formar integralmente no puede consistir únicamente en preparar a una persona para incorporarse al mercado laboral; significa también acercarla al arte, a la palabra, a la creatividad y a las preguntas que amplían nuestra manera de comprender el mundo. Maritza, Josefa y Sergio terminaron mostrándome algo que ningún folleto institucional habría podido explicar: para que una institución permanezca necesita personas que hagan suyo su propósito.

Durante el recorrido encontré también dos paredes que parecían conversar entre ellas. En una estaba el organigrama del Politécnico, donde aparecen la Dirección Regional 16, el Distrito Educativo 16-06, la Fundación Humo de Amor y el propio centro educativo. En otra estaban su misión, su visión y valores como respeto, responsabilidad, solidaridad, tolerancia, dedicación, compromiso, confianza y trabajo en equipo. Una explicaba cómo se organiza la institución; la otra, para qué existe. Me pareció una síntesis sencilla de algo que olvidamos con frecuencia: las instituciones necesitan estructuras que funcionen, pero necesitan, sobre todo, saber para quién y para qué funcionan.
Ese organigrama cuenta además una historia relevante. En 2020, la Fundación Humo de Amor y el Ministerio de Educación formalizaron un esquema de cogestión que integró el centro al sistema educativo público, gratuito e inclusivo. El Estado mantuvo las responsabilidades que le corresponden y la iniciativa social continuó aportando capacidades construidas durante años. No hubo que escoger entre Estado y sociedad; hubo que organizar la colaboración. La experiencia demuestra que un Estado fuerte no es aquel que pretende hacerlo todo solo, sino aquel que garantiza derechos, protege el interés general y sabe sumar capacidades cuando hacerlo permite servir mejor a las personas. Colaborar no significa renunciar a responsabilidades; significa multiplicar posibilidades.
Mientras avanzaba la graduación observé varias veces a las familias. Detrás de cada certificado había una historia que ninguna estadística consigue registrar completamente: madrugadas, sacrificios, dificultades, padres que acompañaron, maestros que insistieron y alguien que, en algún momento, decidió decirle a ese joven que creía en él. Una graduación nunca pertenece exclusivamente a quien recibe el diploma; también pertenece a todas esas manos, muchas veces anónimas, que hicieron posible que llegara hasta allí.

Una fotografía de aquella mañana conserva para mí parte de ese significado. Estamos Marleni y yo junto a Carlitos Fuente y Ciro Cascella. Es una fotografía hermosa por el afecto que recoge, pero al verla después comprendí que su verdadero significado estaba fuera del encuadre: a pocos metros había jóvenes graduándose, familias celebrando, maestros enseñando y una comunidad que había hecho suyo aquel centro. Pensé entonces en Ciro, en Carlitos Fuente, en las familias Fuente y Newman y en todas las personas que han sostenido esta visión durante tantos años. Una iniciativa puede comenzar con la generosidad de un momento; mantenerla durante décadas exige algo más difícil: constancia, organización y convicción. Exige sembrar sabiendo que otros disfrutarán buena parte de la cosecha. Quizás esa sea una buena definición de legado: construir algo que continúe sirviendo cuando nuestro nombre ya no necesite ocupar el centro de la historia.
Hay también una enseñanza para nuestra manera de entender el desarrollo. Una empresa aporta al país cuando invierte, produce, innova, paga impuestos y genera empleos, pero puede dejar una huella todavía más profunda cuando comprende que comparte destino con el territorio donde desarrolla su actividad. No se trata de sustituir al Estado, sino de contribuir a construir sociedad. El desarrollo necesita instituciones públicas capaces, empresas responsables, familias fortalecidas, buenas escuelas y comunidades que participen. Necesita que cada actor cumpla con lo que le corresponde y que aprendamos a encontrarnos allí donde nuestras responsabilidades coinciden con el bien común.
Entonces apareció la palabra que terminó ordenando mis reflexiones de aquella mañana: ESCALEX. Escalar, subir, alcanzar un nuevo peldaño. Difícilmente aquellos jóvenes podían haber escogido un nombre más apropiado. El talento está distribuido por toda la geografía dominicana; las oportunidades todavía no lo están de la misma manera. Hay jóvenes extraordinarios en nuestros campos, barrios y municipios que no necesitan que nadie les regale el futuro. Necesitan educación de calidad, familias que puedan acompañarlos, maestros que crean en ellos, instituciones que funcionen y reglas suficientemente justas para que su esfuerzo tenga posibilidades reales de convertirse en progreso.

Una sociedad justa no puede prometer llevar a todos hasta la cima. Lo que sí debe procurar es algo más elemental y, al mismo tiempo, más transformador: que exista una escalera. Que el lugar donde nació un niño no determine hasta dónde puede llegar; que las condiciones económicas de su familia no decidan anticipadamente su destino; que encuentre una escuela que funcione, maestros como Maritza y Josefa que después de más de veinte años todavía hablen de educación con pasión, personas como Sergio que entiendan que también se educa a través del arte y las ideas, y oportunidades suficientes para formarse, trabajar y construir su propio proyecto de vida. Después le corresponderá subir con disciplina, responsabilidad y perseverancia.
Los jóvenes de ESCALEX subieron un peldaño el jueves. Otros lo hicieron antes y otros vendrán después. Regresé de Bonao pensando que hablamos mucho, y con razón, de la República Dominicana que todavía nos falta construir, pero a veces prestamos poca atención a los lugares donde una parte de ese país ya está funcionando. También necesitamos aprender a reconocer esas experiencias, comprender por qué funcionan y preguntarnos cómo hacer posible que más dominicanos encuentren oportunidades semejantes. Un Estado que aprende no comienza siempre inventando algo nuevo; muchas veces comienza identificando aquello que funciona, aprendiendo de ello y creando las condiciones para multiplicarlo.
Algún día uno de aquellos graduandos será maestro, emprendedor, profesional, servidor público, padre o madre de familia. Quizás alguno regrese a esa misma comunidad y encuentre frente a él a un joven que necesite exactamente lo que él necesitó una vez: una oportunidad. Espero que entonces recuerde a su familia, a Maritza, a Josefa, a Sergio, a sus demás maestros y a quienes creyeron en él, y comprenda que haber logrado subir también crea una responsabilidad: extender la mano hacia quien viene detrás. Porque una nación comienza a cambiar cuando cada generación encuentra una escalera un poco más alta que la anterior y, después de haber subido, decide no retirarla, sino sostenerla para que otros también puedan hacerlo.
Vamos por lo que nos une.

Pablo Ulloa