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La casa como piel

El desahucio de Maricarmen y el temor a quedarse sin refugio

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La casa como piel
Maricarmen Abascal. (EFE/ARCHIVO/SERGIO PÉREZ)

Hay miedos que no se dicen en voz alta. Los guardamos como un vestido descosido en el fondo del armario. Pero a veces se asoman por las costuras. A mí me ocurrió hace unas semanas, frente a la imagen de una mujer de 87 años a quien desalojaban, en camilla, de la casa donde había vivido desde los 17. Se llamaba Maricarmen, y su nombre recorrió España entera.

Envejecer es ganar una mirada que solo dan los años, una manera serena de estar en el mundo. Pero es, también, ir quedándose sin referentes. Primero se van los padres, y con ellos la última mirada que todavía nos veía como hijos. Luego, algunos amigos. Se pierde la edad laboral y el nombre que nos daba el oficio. Los lugares de la infancia cambian de dueño, de fachada, de olor. Cada pérdida es una capa que se desprende. Quedan otros lazos, por supuesto: los hijos, los nietos, los amigos que siguen y los que llegan. Pero hay un referente que nos envuelve de un modo distinto, a diario y sin palabras. Para quien la tiene, es la casa.

¿Qué es una casa? No cuatro paredes. El pintor y arquitecto austriaco Friedensreich Hundertwasser la llamaba nuestra tercera piel. No toda casa es refugio: hay viviendas que encierran y hieren, de las que salir es salvarse. Pero cuando una casa es hogar, es el lugar donde, al cerrar la puerta, se deja de estar en guardia; donde se puede estar enfermo o viejo en paz. Es el umbral que separa el adentro del afuera.

En un hogar así, cómodo y entrañable, se puede caminar con los ojos cerrados. Al cabo de setenta años se sabe cuántos pasos hay de la habitación a la cocina y de la cocina a la sala; el cuerpo reconoce a tientas cada espacio y los sentidos responden a cada uno: los pies, a las losetas frías del invierno; el oído, al zumbido de la nevera; el olfato, al café humeante y revitalizador de la mañana. La casa se aprende así, con todo el cuerpo, como una lengua materna: sin gramática, por pura convivencia.

Y uno va cambiando con ella. Se envejece con los muebles del baño, se amarillea junto a los manteles bordados. Mientras tanto la piel propia se adelgaza, se vuelve translúcida, y bajo ella asoman las venas azules como rutas de carretera en los mapas antiguos: caminos recorridos que ahora guardan la cartografía de todo lo vivido.

Ese es el miedo que nos habita, aunque procuremos no reconocerlo: que un día, después de tantas pérdidas, quedemos privados también de la casa. Perder el último bastión, la última fortaleza, y quedar a expensas del afuera. Porque quedarse sin casa a una edad avanzada es como despellejarse, y a cierta edad la piel tarda más en volver a cerrarse.

Desde la acera, cientos de jóvenes le gritaban «¡no estás sola!». Muchachos que mudan la vida en cajas y que quizás, al gritarle a ella, le gritaban a su propio miedo. Por un momento fueron su piel. Dos semanas después, Maricarmen murió sin haber vuelto a casa.

Conozco otra casa. En ella vive una mujer a quien la memoria se le ha ido deshilachando durante años. Pero lo que ella olvida, la casa lo recuerda. Los muebles de caoba de su niñez siguen en su sitio; desde las fotos, sus padres velan su sueño; en el jardín crecen las mismas plantas y los periquitos alborotan la mañana como siempre. Cada día, alguien le prepara su café. Nadie ha movido nada, porque quienes la cuidan entendieron que cada objeto es un hilo, y que mientras los hilos sigan tensos, ella sigue tejida al mundo.

Pienso en las dos casas. En una, el umbral se rompió y todo fue calle. En la otra, alguien vela cada mañana para que el adentro no se deshaga. Entre ambas entiendo que no somos solo lo que llevamos dentro: una parte de nosotros vive afuera, en las cosas y en quienes nos recuerdan. El miedo sigue asomándose por las costuras; no creo que se vaya nunca. Pero ahora intuyo que la intemperie tiene un reverso: una continuidad sostenida a propósito, que también es una forma de amor, y que se parece mucho a una taza de café puesta, cada día, en el mismo lugar.

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