Manual del buen conductor
El caos en el tráfico, más que ignorancia es un problema de autoridad
No es cierto que el motorista que circula por la acera desconoce que ese no es un carril. O que el conductor que se salta el tapón apretando el pedal por la vía contraria no sabe que eso está prohibido. O que la competencia de patanas en la autopista no es buena para la salud.
No; el infierno del tráfico no está provocado por el desconocimiento. Ni de los malos conductores ni de los pasivos agentes de Digesett que se hacen a un lado para que los motores se salten los semáforos en rojo.
Lo hacen porque pueden. Porque no hay autoridad que les vigile. No hay consecuencias y si las hay perjudican a quien les reclama. No hace falta tener un permiso de conducir motocicletas y no está demostrado que para prestar servicios de transporte público (es decir, siendo responsables de la vida de otros) haya más requerimientos que ser parte de un "sindicato".
Las campañas de educación vial, por muy buena voluntad de las agencias que la donaron, es un ejercicio que quizá pudo tener sentido hace treinta años si se desarrollaba paralelamente una fuerte acción de control. Y decir esto no es clasismo contra los pobres padres de familia, como dicen algunos irresponsables. Es instinto de supervivencia.
Se ha dejado llegar demasiado lejos la permisividad contra los infractores. El desarrollo ha traído también un exceso de vehículos privados mientras se atrofiaba el transporte público para contentar a los empresarios del concho.
Hay que tener mucha buena voluntad y fe en la Humanidad para creer que 80 facilitadores (60 % facilitadoras) van a educar a los motoristas del país. Lo único que hay que esperar es que los fondos para la iniciativa salgan de las multas impuestas a los alumnos de este programa.