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Proveedores del odio

La migración haitiana como carta política, un juego peligroso

La asistencia fue escasa, aunque ruidosa. A años luz del desbordamiento augurado por sus promotores. No pasaron de cientos –cálculo periodístico para los fiascos convocatorios–, pero durante días todo el mundo habló de Friusa, llevándose las palmas los paladines del lenguaje excrementicio.

Mucho tuvo que ver con su vigencia el incidente protagonizado por el influencer que incitó a violar el perímetro permitido. Megalómano y en versión mártir, clamó por su apresamiento sin ser oído. Entre arcada y arcada, llorará con lágrimas causadas por el gas el fracaso de su estrategia de marketing.

Pero si esperpéntico fue el influencer (y no hablemos del «líder supremo» de la AOD), aún más lo fue la reacción de connotados dirigentes opositores.  Haciendo el juego a la cámara de eco que propala falacias sobre el tema migratorio, se decantaron por validar la mentira de que los manifestantes fueron impedidos de entrar a Friusa. Pasaron por alto que el propio «líder supremo» de la horda se eximió de responsabilidad en lo sucedido, acusando a «infiltrados» de provocar la reacción policial.

El muerto deseado y buscado no quedó sobre el asfalto, ni hubo quien lamentara golpes recibidos, pero Leonel Fernández no dudó un minuto en condenar «el uso desproporcionado de la fuerza» contra dominicanos que «únicamente exhibían su patriotismo». Reforzó esta distorsión gente tan comedida  como Juan Ariel Jiménez y Francisco Domínguez Brito.

De sobra sabemos que el tema haitiano, más que el migratorio en sentido estricto, es una carta político-electoral. Falta de propuestas que configuren un verdadero proyecto de país próspero y una sociedad democrática, la oposición (como el gobierno, sea dicho también), juega con el fuego del odio exacerbado al inmigrante haitiano.

Como lo hiciera Fernández en su declaración, la oposición habla de integridad territorial y soberanía, corroborando la narrativa de la supuesta invasión y la pérdida de una también supuesta identidad, sin explicar lo que esto significa y, mucho menos, sin aportar evidencias en respaldo de los fantasmas que agita. Apuesta al caldo de cultivo del instinto primario.

Con intención deliberada, reproduce la antiquísima estrategia de crear un enemigo como chivo expiatorio de todos los males sociales que rehúsa siquiera mencionar, temerosa de comprometerse ética y políticamente: las desigualdades sistémicas que, ellas sí, erosionan la cohesión social y le niegan la patria a quienes apenas pueden costearse lo básico.

Que al país le asiste el derecho de establecer políticas migratorias y el deber de aplicarlas lo admite toda persona sensata. Pero este derecho y deber deben ser cumplidos salvaguardando la dignidad del inmigrante indocumentado; es decir, despojando la regulación migratoria del desprecio manifiesto en el discurso de odio secundado por la oposición.

En lugar de propuestas integrales que apuntalen el marco jurídico y democrático de las repatriaciones, los partidos y dirigentes opositores actúan como aquellos que Carolin Emcke llama «proveedores del odio»: buscan hipócritamente guardar las formas pero «les proporcionan en todo momento un fundamento retórico» a las turbas para convertirlas en peones de sus ambiciones político-electorales. Están extrañamente convencidos de que evitarán quemarse.

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Aspirante a opinadora, con más miedo que vergüenza.