El arte y lo popular a la luz de Bad Bunny
La caída de las fronteras en la cultura contemporánea

Hay arte -y del bueno- en la música popular, aunque exista Bad Bunny, con cuya estética sonora, por decirlo con cortesía, no termino de conectar. Lo popular, ese territorio que a menudo se mira con recelo desde los balcones del canon, también produce destellos de belleza real, intuiciones poéticas, hallazgos de lenguaje. A veces, incluso, produce verdad, palabra que no debería pronunciarse a la ligera.
Durante mucho tiempo, los guardianes del gusto -los críticos, los profesores, los académicos- han actuado como si la cultura de masas fuese una especie de enfermedad de la modernidad: contagiosa, ruidosa, vulgar. Como si el talento solo pudiera habitar en la página impresa, en el teatro serio, en el museo con paredes blancas, en el libro con portada sobria. La historia cultural se ha encargado de recordarnos una y otra vez que el arte no siempre viste de traje y corbata. A veces llega con guitarra, con micrófono, con melodía, con una frase repetida que deviene oración civil.
Ahí es donde entran los premios, esos aparatos solemnes que pretenden fijar el prestigio como quien clava una bandera. Los premios literarios, sobre todo, funcionan como una suerte de tribunal simbólico. Declaran qué merece ser recordado, qué pertenece a la tradición, qué puede aspirar a la inmortalidad. No son inocentes y nunca lo han sido. Un premio es un mensaje. A veces al mundo; al propio gremio o al futuro; como si el jurado pudiera negociar con el tiempo.
Por eso cada vez que una institución de ese tamaño decide abrirle la puerta a alguien que no encaja en el molde, se produce una sacudida. El canon tiembla. Los puristas protestan. Los que viven de custodiar fronteras sienten que el territorio se les contamina. Entonces aparecen los editoriales indignados, los artículos de "esto es el fin", las voces que hablan de decadencia cultural como si estuvieran anunciando el Apocalipsis.
El Nobel de Literatura, que durante décadas parecía reservado para escritores de biblioteca, decidió un día premiar a Bob Dylan. El mundo intelectual se partió en dos. Para algunos, fue una genialidad confirmar que la palabra cantada también puede ser literatura. Para otros, una blasfemia, una traición al libro, una concesión populista, un espectáculo mediático. Como si el Nobel hubiese decidido rendirse ante la industria cultural. Como si la Academia Sueca hubiese perdido el juicio.
Pero ¿de verdad era tan descabellado? Dylan no es un cantante cualquiera. No es un producto de temporada. Es un creador de lenguaje. Un poeta con guitarra. Un constructor de imágenes. Un narrador de época. Dylan hizo con la canción lo que otros hicieron con la novela al capturar el espíritu de su tiempo y convertirlo en forma. Sus letras no son adornos; más bien visiones y, a veces, profecías. Sobre todo son memoria colectiva que se cantaba en bares, en marchas, en carreteras, en habitaciones solitarias.
Lo que el Nobel hizo, más que premiar a Dylan, fue admitir algo que la alta cultura se resiste a aceptar. El arte no depende del soporte ni literatura existe solo en el libro. Existe en la lengua, en el ritmo, en la capacidad de producir sentido, belleza, conmoción. Dylan, para escándalo de los puristas, lo había hecho durante décadas con una naturalidad brutal.
La polémica iba más allá de la estética hasta caer en los predios del poder. Porque si Dylan podía ser Nobel, entonces la frontera entre "alta" y "baja" cultura se volvía menos sólida. Asusta porque obliga a reconocer que el arte puede brotar donde no se esperaba. Que la genialidad puede aparecer en el escenario de un concierto y no en el silencio de una biblioteca. Que la poesía puede llegar en forma de estribillo.
El Cervantes y un artista que no hablaba español
Si eso ya era perturbador, lo de Leonard Cohen fue todavía más irónico. En algún punto del delirio cultural contemporáneo, se instaló la idea de que Cohen merecía un Premio Cervantes. El Cervantes: el máximo reconocimiento de la lengua española, el altar oficial donde se consagra a quienes han enriquecido el idioma en que escribió Cervantes, Quevedo, García Márquez y Borges.
¿Y quién era Cohen? Un canadiense. Un poeta magnífico. Un compositor excepcional. Un hombre de hondura espiritual rara. Pero también un autor que no cantaba ni componía en español. Que no pertenecía a esa tradición lingüística, aunque muchos hispanohablantes lo amamos como si fuera nuestro. De ahí la paradoja: la lengua española premiando como suyo a alguien que no escribía en ella, como si el prestigio se hubiese vuelto un fenómeno global, desligado del idioma y atado únicamente a la celebridad simbólica.
Lo de Cohen, más que un absurdo, era un síntoma de que el mundo cultural contemporáneo se ha desplazado. De que el prestigio ya no se construye únicamente en la tradición nacional o lingüística, sino en el impacto internacional. Entra Bad Bunny en el Superbowl. Cohen, Dylan: nombres que se volvieron patrimonio emocional de millones, más allá de cualquier frontera. Eso plantea una pregunta: ¿hasta qué punto los premios exaltan la literatura y no el mito? ¿Tiene frontera el arte y a los Bad Bunny se les impide trasponerla?
Los premios, en el fondo, también funcionan como termómetro de época. El Nobel premiando a Dylan era la confesión de que el siglo XX y XXI han producido sus grandes poetas fuera del libro. Era admitir que la canción popular puede ser una forma de literatura oral contemporánea. Que la literatura, como el agua, se adapta al recipiente donde cae.
La sorpresa en la promoción del libro
Sin embargo, la gran ironía es que mientras algunos intelectuales se lamentan por la muerte del libro, ciertas figuras del espectáculo -con millones de seguidores y un poder de influencia impensable para cualquier crítico- han terminado haciendo más por la lectura que una biblioteca entera de discursos. Oprah Winfrey convierte novelas y autores en acontecimientos sociales. No en asuntos de élite, sino en conversación pública. Logra que un libro vuelva a ser un evento, un objeto deseable, casi un accesorio cultural de pertenencia.
Luego está Dua Lipa, reina británica del pop, hija de un historiador, que ha levantado un club de lectura con una seriedad que desarma el prejuicio. Como si el pop -ese género que muchos asocian con lo ligero y lo superficial- estuviera haciendo el trabajo que deberían estar haciendo los ministerios de cultura: volver a poner el libro en circulación, en la conversación. Volver a hacerlo contemporáneo.
Esto es más importante de lo que parece. Lo que se está debatiendo aquí no es meramente estético. Es un debate sobre el lugar del pensamiento en la vida pública. Un libro exige tiempo. Exige atención. Exige paciencia. Exige silencio interior. En una época donde todo se reduce a segundos, donde la cultura se consume como snack, donde la inteligencia se mide por la velocidad de la respuesta, la lectura se vuelve un acto casi subversivo.
Por eso resulta fascinante que sean figuras del entretenimiento -Oprah, Dua Lipa- quienes estén empujando la lectura. Que sea Bad Bunny quien resalte el español. Es como si la cultura de masas, tantas veces acusada de embrutecer, estuviera ofreciendo un refugio inesperado para la literatura y su vehículo: la lengua. Es ahí donde lo popular muestra su cara más interesante: no como banalidad, sino como canal. Como puente.
Cuidado con idealizar
Caveat. Tampoco idealicemos. La cultura de masas también puede ser ruido. También puede ser anestesia. También puede ser repetición sin alma. La música popular, como todo lo popular, está signada por la lógica del mercado. En ese terreno, la belleza es un accidente, pero cuando ocurre, viene con fuerza. Llega a millones, entra en la vida cotidiana y se convierte en memoria. De nuevo Bad Bunny en el Superbowl.
La canción popular marca algo a diferencia del libro: presencia inmediata. Se canta, se tararea, se pega a la piel. Cuando un artista de verdad aparece, su obra se vuelve compañía, ritual. Se vuelve lenguaje compartido. Dylan y Cohen lograron eso. Hicieron que la poesía dejara de ser un objeto de culto para convertirse en una forma de pulso colectivo.
Los premios, entonces, son también declaraciones de época, gestos que reconfiguran la jerarquía cultural. Cuando el Nobel premia a Dylan, o cuando el mundo hispano fantasea con darle el Cervantes a Cohen, lo que se está diciendo -aunque no se diga explícitamente- es que el arte ya no se puede encerrar en un solo formato. Que el canon está siendo invadido por la calle. Y que la calle, para sorpresa de algunos, también sabe escribir e importa.
Claro, siempre habrá quienes digan que eso es decadencia. Que la literatura se diluye. Que el prestigio se prostituye. Pero quizá sea al revés: quizá estemos viendo una democratización del reconocimiento. La aceptación tardía de que la belleza puede existir fuera del templo.
Empero, conviene recordar algo, aunque suene antipático: No se hizo la miel para la boca del asno. Hay arte popular que es arte. Pero también hay popularidad que es pura mercancía. La diferencia, a veces, es sutil y brutal. ¿De nuevo Bad Bunny en el Superbowl?
La lectura -como la buena música- exige oído, paciencia y alma. No basta con estar de moda; hay que permanecer, como Dylan y Cohen. Permanecen no por el Nobel ni por el Cervantes, sino porque sus palabras siguen funcionando cuando el estrépito cesa.
Quizá esa sea la lección: el arte verdadero no necesita permiso. El talento siempre se adelanta a la academia. El pueblo siempre llega antes que el jurado. Y el tiempo -jurado definitivo- termina decidiendo sin actas ni ceremonias.
Aníbal de Castro