×
Versión Impresa
Edición Impresa.
Secciones
Última Hora
Podcasts
Encuestas
Servicios
Plaza Libre
Efemérides
Cumpleaños
RSS
Herramientas
Más
Contáctanos
Sobre Diario Libre
Aviso Legal
Redes Sociales

Dos pinturas que encuadran la vida

Mirar el arte desde la ignorancia también puede ser una forma de descubrirlo

Expandir imagen
Dos pinturas que encuadran la vida
Pinturas surrealistas de Félix Brito. (SUMINISTRADA)

Del arte pictórico sé poco. Casi nada. Precisamente, esa ignorancia me proporciona la valentía para hablar de pintura. Quien sabe conoce las escuelas, las técnicas, las influencias y los códigos; quien no sabe, como yo, tiene la impunidad de mirar y dejarse llevar. Exento del rigor que impone el conocimiento, a las pinturas les imparto mi sello personal. Mis aprehensiones no son otra cosa que la composición mental que me hago al observarlas.

Tampoco son interpretaciones estáticas porque, como la realidad misma, están sujetas a las volubilidades del ser, a los estados de ánimo, a esa subjetividad que todos cargamos. Un mismo cuadro puede decirme algo por la mañana y otra cosa por la noche. La pintura permanece; quien la mira cambia.

Razones

Me gusta el arte dominicano y no solo por su distancia razonable de mi bolsillo, sino porque arrastra, aun sin proponérselo, los sedimentos culturales que son parte de mi existir. Con esas creaciones me siento como en casa y por eso las tengo en los muros del hogar. Nuestros artistas están impregnados de nuestros mares, soles, colores y música. También de nuestras luces violentas y sombras repentinas, de la exuberancia del trópico y de una insularidad que inevitablemente condiciona la mirada. De ese mosaico se alimenta un talento inconmensurable que vuelcan en los lienzos donde muta en mensajes vibrantes a los que después nos toca asignar significado.

El surrealismo de Brito

Dos pinturas de Félix Brito me acompañan desde hace algún tiempo. No están colgadas en un salón reservado para las visitas ni forman parte de una colección que se contempla ocasionalmente. Habitan el espacio más íntimo de la casa: mi habitación. Una está a la entrada; la otra, sobre el lecho. Las veo al acostarme y al despertar, al entrar y al salir. De tanto mirarlas han terminado incorporadas a la rutina y, quizás por eso, dejaron de ser objetos inmóviles.

Cada día se repite el ritual. Despunta con la mañana y se recoge en la noche, en una secuencia casi onírica: dormir, despertar, entrar y salir de la realidad, soñar y tropezar con el día y sus avatares. Los dos Brito presiden esa ceremonia cotidiana.

La mujer desnuda frente al mar, la que está sobre el lecho, es la más inquietante de las dos y también la más abierta a interpretaciones.

Ocupa el centro sin parecer que pose. Está sentada, suspendida en un instante fuera del tiempo. Su desnudez no sugiere erotismo, sino vulnerabilidad, aislamiento y una serenidad extraña. Mira hacia algo que nosotros no vemos. Está allí, pero su atención pertenece a otro lugar.

El azul domina absolutamente la composición. Mujer, cielo, mar y tierra parecen hechos de una misma sustancia. Brito disuelve las fronteras entre cuerpo y paisaje. La figura se vuelve casi isla: emerge sola en un universo azul, rodeada por un mar inmóvil y bajo un cielo sin referencias.

No es casual que yo vea una isla donde quizás el pintor solo quiso colocar una mujer frente al mar. Ahí comienza la apropiación personal de la pintura. Quien vive en una isla termina encontrándola en todas partes: en el horizonte que limita y a la vez invita a partir, en el mar que encierra y comunica, en la sensación contradictoria de pertenecer profundamente a un lugar y sentir curiosidad por cuanto existe más allá de sus costas.

Dos elementos rompen la quietud. A la izquierda, una paloma blanca se posa —o acaba de posarse— sobre el brazo extendido. También podría estar iniciando el vuelo. Esa ambigüedad me resulta esencial. Si llega, representa el encuentro, la compañía, quizá la esperanza que finalmente alcanza a la mujer aislada. Si parte, significa exactamente lo contrario: la libertad que se ofrece y puede escapar.

El ave puede hacer lo que la mujer no hace: desplazarse, abandonar la isla, atravesar el horizonte. Pero ella no mira a la paloma. Ese detalle altera el cuadro. La libertad —si aceptamos el símbolo— está literalmente sobre su brazo y, sin embargo, su mirada se dirige hacia otra parte. Quizá no sabe que la posee. Quizá espera algo distinto. Quizá la libertad verdadera consiste precisamente en poder elegir no marcharse. O acaso la paloma no anuncia una partida sino un regreso: algo ha vuelto hasta ella mientras continúa absorta en la distancia.

A la derecha aparece el elemento más enigmático: un gran astro luminoso con un centro oscuro. No parece un sol natural. Tiene algo de eclipse, de ojo cósmico, incluso de puerta. Frente a la blancura de la paloma, Brito coloca una esfera dominada por un núcleo negro: la luz que llega y la oscuridad que observa.

La geometría intensifica esa tensión. El brazo izquierdo se proyecta hacia la paloma; el derecho desciende hacia el cuerpo y el mar. El rostro, en cambio, se orienta hacia el astro. La mujer queda situada entre tres llamadas: la libertad a su espalda, el mundo bajo sus pies y el misterio delante de ella.

El otro Brito

El otro Brito está a la entrada de la habitación. También es una mujer desnuda, pero esta duerme. Los ojos cerrados la repliegan sobre sí misma dentro de una forma envolvente, casi un capullo, una concha o un vientre. No sé qué quiso pintar Brito y, consecuente con mi confesada ignorancia artística, tampoco necesito saberlo para convivir con la imagen. A mí me habla de refugio.

Sobre ella, otro pájaro permanece despierto. Este no vuela. Vela.

La oposición me resulta particularmente hermosa en el lugar donde está colocado el cuadro: alguien duerme mientras algo permanece vigilante. Puede ser el alma, la conciencia, el tiempo o sencillamente la vida, que continúa mientras nosotros suspendemos por unas horas nuestra participación consciente en ella.

También reaparece el astro, aunque transformado. La presencia inquietante del primer cuadro se ha convertido aquí en una luna serena. La escena entera pertenece a una noche interior: mar quieto, horizonte, mujer dormida, ave vigilante, luna. Nada parece amenazar.

La diferencia entre ambas mujeres termina estableciendo el diálogo entre las pinturas. Una mira hacia fuera; la otra cierra los ojos. Una interroga al mundo; la otra se retira de él. Una extiende el brazo; la otra se recoge. Una parece preguntarse hacia dónde ir; la otra ha llegado, al menos provisionalmente, a su refugio.

Y es precisamente esa mujer dormida la que encuentro cada vez que entro en la habitación. Con el calendario he terminado atribuyéndole una admonición que acaso nunca estuvo en la intención de Félix Brito: deja fuera lo accesorio. Entras aquí como llegaste al mundo, desnudo de posesiones. Duerme. Mañana volverás a vestirte de persona, de nombre, de responsabilidades, preocupaciones, vanidades y mundo. Pero recuerda que nada de eso te pertenece para siempre. Porque desnudos llegamos y, en lo esencial, desnudos nos iremos.

Dormir contiene algo de ese despojamiento: dejamos la ropa, apagamos las luces, cerramos los ojos, y durante unas horas perdemos incluso el control consciente sobre nosotros mismos. No importan cargos, cuentas bancarias, reconocimientos ni agravios. El sueño nos iguala y nos devuelve a una condición elemental. Cada mañana ocurre la operación inversa: recuperamos el nombre, nos vestimos, volvemos a colocarnos los atributos con los cuales nos reconoce el mundo y salimos a enfrentarlo.

Mensajes, interpretaciones

Los dos Brito siguen allí. Uno acoge el regreso e invita al descanso; el otro preside el lecho y mantiene abierta la interrogación. Uno habla del despojo; el otro, de la búsqueda y la libertad. Uno cierra el día; el otro parece aguardar el siguiente.

Por eso, aunque permanezcan siempre en el mismo sitio, nunca son exactamente los mismos cuadros. Cambia quien los mira. La pintura perdura; nosotros no. La experiencia de ayer modifica la mirada de hoy y la de mañana tendrá otros temores, otras esperanzas, otras pérdidas.

Hay mañanas en que la paloma parece llegar y otras en que parece marcharse. Noches en que la mujer dormida representa simplemente la paz del descanso y otras en que recuerda la fragilidad de todo cuanto durante las horas de vigilia consideramos imprescindible. El cuadro no ha variado un milímetro. Metamorfoseado yo.

Ahí reside probablemente una de las razones por las cuales convivimos con el arte. No necesariamente para descifrar lo que el artista quiso decir, sino para permitir que su obra nos diga cosas diferentes a medida que nosotros también somos diferentes.

Dos cuadros de Félix Brito presiden silenciosamente esa ceremonia del diario vivir. Uno a la entrada de la habitación y otro sobre el lecho. Y entre la mujer que duerme y la mujer que contempla el horizonte discurre, día tras día, la vida.

Hasta que alguna vez la ceremonia no vuelva a repetirse.

TEMAS -

Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.