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Federico, los amores y los silencios

A noventa años del asesinato que silenció la voz de Federico García Lorca

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Federico, los amores y los silencios (GENERADA CON IA)

Hace noventa años que "pasearon al poeta". Una madrugada sin luna sirvió de venda y las balas del máuser que empuñaba un pariente lo arrojaron al acantilado de la nada eterna, junto con una plétora de poemas, versos y metáforas que nunca llegó a escribir. El "verde, que te quiero verde" mutó en luto.

Muchas razones se combinaron en la boda de sangre de Federico García Lorca con la muerte, aquel nefasto 17 de agosto. El escenario luctuoso fue la cercanía del barranco de Víznar y Alfacar, en los confines de la Granada a la que no regresaría y en cuyo suelo siguen sus restos. Nueve décadas después de que lo sacaran de la ciudad para matarlo, Lorca sigue sin tumba conocida.

España ha marcado la fecha de muchas maneras: documentales, series de televisión, decenas de artículos que han removido las sombras del caso y sumado matices a la historia de aquel granadino iluminado, cuya obra resuena todavía por el mundo. Solo Cervantes lo supera en número de traducciones.

El renovado interés peninsular se suma a una presencia siempre vigente en Hispanoamérica. Los homenajes por el aniversario de su asesinato confirman que Lorca aún ocupa la sensibilidad de lectores y espectadores de ambas orillas.

Aristas de un crimen

Frente a la certeza del crimen se erigen el misterio de dónde quedaron sus restos y el sigilo con que la familia maneja aún el tema.

Tomada por los sublevados franquistas pero con las tropas republicanas muy cerca, aquella Granada de agosto de 1936 era terreno fértil para la delación.

Que lo mataron los sublevados es un hecho que ninguna hipótesis sobre rencillas privadas debería diluir. En el crimen, la política aportó el pretexto para eliminarlo, con la contribución de los prejuicios y las viejas querellas.

Ni comunista ni espía soviético. Federico había firmado manifiestos, trataba a intelectuales republicanos y llevó el teatro a pueblos y ciudades con La Barraca. Su cuñado, Manuel Fernández-Montesinos, alcalde socialista de Granada, fue fusilado horas antes que él. Nunca llegó a saberlo.

Aun así, era sospechoso y culpable a ojos de quienes cultura y subversión se hermanan. Una denuncia atribuida a Ramón Ruiz Alonso —cuyo original no se conserva— lo acusaba de disparates como espiar para Rusia y mantener contacto por radio con Moscú. Entre los cargos figuraba también el de ser homosexual. Poco importaba que las acusaciones fueran contradictorias o inverosímiles. 

Lorca se refugió en casa de los Rosales, una familia de vínculos falangistas que intentó protegerlo. Allí lo detuvieron el 16 de agosto. Lo llevaron al Gobierno Civil, después a Víznar, y lo fusilaron camino de Alfacar, antes de que amaneciera el día 17. Su cuerpo desapareció en una tierra que ya había recibido a cientos de víctimas de la represión de los nacionalistas de Francisco Franco.

Pieza adicional en el rompecabezas son las disputas entre los García Lorca y otras familias de la vega granadina, los Roldán y los Alba, por tierras, lindes, negocios e influencia. En La casa de Bernarda Alba retrató personajes que alimentaban precisamente esas rivalidades. Empero, reducir el crimen de las autoridades sublevadas a un simple ajuste de cuentas sería demasiado simple. La pregunta pertinente es cómo una vieja enemistad encontró en el terror político la ocasión de volverse letal.

La otra verdad del poeta

Queda la homosexualidad, tratada durante años como una nota molesta al margen, cuando en realidad era parte de su vida y de su mundo afectivo. No estaba solo en la Generación del 27. Luis Cernuda, Vicente Aleixandre y Emilio Prados compartían un círculo donde el deseo entre hombres solía vivirse bajo vigilancia ajena. Cada uno encontró su propia manera de llevarlo a la escritura.

En coincidencia con el aniversario, Javier Calvo y Javier Ambrossi ampliaron un último material inédito de Lorca y lo convirtieron en una película: La bola negra, ganadora del premio al mejor director en Cannes. Es candidata de España al Óscar al mejor filme internacional el próximo año.  Los pocos folios de Lorca funcionan como punto de partida para explorar el deseo, la exclusión y los silencios transmitidos entre generaciones. Por primera vez, el poeta colocaba un personaje abiertamente homosexual en el argumento de la pieza teatral que nunca terminó.

Sus amores dejaron huellas. El escultor Emilio Aladrén ocupó un lugar importante en su juventud, y la ruptura con él pesó en la crisis que precedió al viaje a Nueva York. Con Salvador Dalí lo unió una cercanía afectiva extraordinaria. En los últimos años aparecen Rafael Rodríguez Rapún, ligado a La Barraca, y el joven Juan Ramírez de Lucas. De ellos quedan cartas, dedicatorias, recuerdos, y una discusión de fondo sobre quién inspiró cada poema.

La muerte no cerró esa historia de amores, sino que abrió, más bien, una larga pelea por cómo contarla. Su hermano Francisco publicó en 1980 Federico y su mundo, un libro de recuerdos que no menciona su homosexualidad, una omisión que llama la atención justamente por el título elegido. Ian Gibson, el estudioso que mejor ha entendido a Lorca pese a ser británico, ha señalado esa ausencia como parte del silencio que rodeó al poeta durante décadas.

En el otoño de 1983 alguien decidió romperlo. Apareció una edición clandestina de los Sonetos del amor oscuro, 250 ejemplares numerados enviados de forma anónima a gente del mundo cultural, sin identificar a sus promotores ni dar pie de imprenta. Al año siguiente la familia autorizó publicar los once poemas en ABC, pero como Sonetos de amor. La palabra "oscuro", asociada a ellos desde siempre, desapareció del título de esa edición oficial.

La obra ofrece un episodio todavía más revelador. Ya en 1937 Vicente Aleixandre recordaba las lecturas que Federico le había hecho de esos versos, y Pablo Neruda contaba que se los recitaba de memoria. Su existencia, entonces, no era un secreto absoluto; lo reservado era su exposición, y con ella, la posibilidad de que el público leyera sin intermediarios una poesía que desafiaba la imagen domesticada de su autor. El silencio literario alargaba el silencio biográfico que la familia había construido.

El misterio de los huesos

El duelo, el pudor de la época, el miedo al escándalo y las ganas de proteger una memoria seguramente influyeron en los Lorca en proporciones que nadie puede medir. Pero sería ingenuo pensar que esas decisiones no tuvieron consecuencias. Durante demasiado tiempo se ofreció al público un poeta que facilitara la veneración por el escritor de esos poemas, dejando de lado que también amó a esos hombres.

Algo parecido —aunque con una diferencia importante— ocurre con sus restos. La familia ha dicho una y otra vez que prefiere dejarlos donde están, junto a los demás asesinados, como memoria colectiva. Laura García Lorca sostuvo esa postura sin dejar de reconocer el derecho de otras familias a buscar a sus muertos, e incluso dijo en 2009 que facilitarían ADN si aparecían restos identificables. Años más tarde, sin embargo, se negó a autorizar búsquedas dirigidas específicamente a encontrar los de su tío. Su posición ha sido resistente a la exhumación, y no faltan versiones de que la familia sabe dónde está el cuerpo.

La historia suele dejar fuera a los otros tres hombres que corrieron su misma suerte: dos banderilleros y un maestro con una sola pierna y muleta, cuya nieta ha buscado sin éxito sus restos. Para esas familias, encontrar una fosa puede significar simplemente saber dónde yace un padre o un abuelo; y el impulso de convertir a Lorca en símbolo de todas las víctimas no debería borrar ese derecho. Las excavaciones hechas hasta ahora no han dado con el poeta; la tierra guarda su secreto, aunque la investigación sí ha permitido rescatar los restos de otras personas asesinadas en la zona.

Federico queda así entre dos ausencias distintas. Una es material: no sabemos dónde quedaron sus huesos. La otra se construyó con palabras calladas, poemas retenidos y amores tratados como si no hubieran existido. La primera tal vez se resuelva algún día con una excavación. La segunda empezó a disolverse en cuanto aparecieron cartas, testimonios y aquellos 250 libros clandestinos.

Ningún hallazgo reemplazará la ignominia del asesinato. Pero sí puede ayudarnos a ver con más claridad al hombre que murió, al poeta perseguido en medio de una rebelión militar, expuesto a odios políticos y personales, señalado también por amar a otros hombres. Reducirlo a una sola causa empobrece el crimen. Borrar cualquiera de ellas empobrece a Federico.

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Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.