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El motorista y yo : El caótico rostro del tránsito dominicano

La imprudencia sobre dos ruedas y las elevadas cifras de mortalidad en las carreteras

«Antropológicamente, el tránsito se puede usar como un reflejo de la sociedad, o sea, si visitamos un país que no conocemos y quieres tener una idea anticipada de cómo son las personas en esa nación, observa cómo conducen».

Dr. José Dunker (Siquiatra)

Como todos los domingos, las siempre congestionadas calles de la Ciudad Corazón (Santiago de los Caballeros) lucían casi desoladas o libres del infierno vehicular que las caracterizan durante los demás días. Por una de esas vías urbanas, yo me desplazaba tranquilamente un domingo de estos. Al observar, a través del espejo retrovisor, noto que un motorista me sigue a toda velocidad.

Como tengo la intención de doblar en la próxima intersección, enciendo a su debido tiempo y distancia las luces direccionales; mas estas, al desesperado motorista, ningún mensaje parecían comunicarle, razón por la cual, en lugar de reducir, prefirió acelerar la marcha.

Sin perderlo nunca de vista, yo me acerco a la esquina donde me propongo doblar; mas justamente en el preciso instante en que decido realizar el giro a la derecha, el conductor de la motocicleta, por el mismo lado derecho, me rebasa esta vez con mayor rapidez. Para no atropellarlo, tuve que ejecutar uno de esos frenazos en que el vehículo queda ejecutando un baile maldito.

El motorista se detuvo momentáneamente, me miró con ojos de boas venenosas, y sin perder tiempo pronunció tres o cuatro maldicientes palabras, entre las cuales, presumo, no faltó el nombre de mi santa madre muerta.

Yo también lo miré y pensé emitir uno que otros coños acompañados de dos o tres explosivos carajos; pero acto seguido desistí cuando pensé en mi formación académica y la naturaleza ejemplificadora de mi rol docente. También porque en ese momento recordé las orientaciones que al respecto había recibido de mi médico cardiólogo, y que la referida imprudencia se estaba llevando a cabo   en «un país en el mundo» llamado República Dominicana. Por eso conté hasta diez y me contuve.

El motorista encendió su vehículo y, a toda velocidad, o «como alma que lleva el Diablo», continuó su veloz recorrido por las dominicales y despejadas calles de la Gran Ciudad. Yo, en cambio, sonreí de rabia y me quedé observando al «bípedo jumento» cuya imagen, poco a poco, se perdía en la distancia.

Nunca, como en ese momento, había entendido por qué la República Dominicana ocupaba uno de los primeros lugares en muertes por accidentes de tránsito. Y nunca como en ese instante entendí que tiene mucha razón el connotado médico siquiatra, Dr. José Dunker, cuando en uno de sus libros, La cultura del tigueraje en República Dominicana (2011) afirma que:

«En cualquier ciudad, el modo de conducir vehículos en las calles constituye un reflejo directo del modo de ser de su gente. Esto es tal que, si uno llega a una ciudad que no había visitado antes, y quiere tener una idea anticipada de cómo es la gente de ese lugar, su mejor parámetro es observar el tránsito vehicular, pues, en general, la gente conduce de la misma manera que se comporta en otros escenarios...» (p.30)

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El autor es profesor universitario de Lengua y Literatura dcaba5@hotmail.com