Que no les toque la plaga de los Airbnb
Cuando la vivienda se convierte en un negocio sin reglas
Los apartamentos y viviendas convertidos en alquileres de corta duración se han vuelto una plaga urbana. Desgracia conocida como Airbnb, introduce una competencia desleal frente a los moteles y también, porque no todos son refugios discretos de escapada íntima, frente a los hoteles. Operan al margen de cargas fiscales equivalentes y distorsionan un mercado regulado.
El problema no es solo económico, sino, sobre todo, convivencial. Edificios residenciales, pensados para la estabilidad y la rutina, se ven invadidos por un flujo constante de desconocidos, caras nuevas, entradas y salidas a deshoras, fiestas que comienzan sin aviso y rara vez terminan a tiempo. La vida común se resiente, y con ella la noción misma de vecindad.
No se trata de demonizar la innovación ni de negar nuevas formas de hospedaje. Pero hay que ordenar, establecer reglas claras que distingan entre el uso residencial y la explotación comercial encubierta de un inmueble. Lo que hoy se tolera como flexibilidad es realmente un abuso que, ya normalizado, erosiona derechos.
Ha llegado el momento de poner límites. De exigir registro, control y obligaciones fiscales. En suma, de cerrar la brecha entre negocio y vivienda. Al Estado toca empantalonarse, cobrar impuestos que buena falta le hacen y poner en cintura a los abusadores.
