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Por qué no existe reforma real sin la voz de los docentes

Nadie que aspire con propiedad y propósito a transformar la educación puede hacerse de espaldas a quienes la sostienen cada día en el aula. El maestro, en vez de un actor accesorio del sistema,  es su pieza decisiva, su punto de contacto con la realidad, su medida más honesta de éxito o fracaso.

Si el país se dispone —como parece— a encarar una reforma educativa de fondo, el primer gesto debe ser escuchar. No de manera ritual ni complaciente, sino efectiva: incorporando al magisterio en la discusión, en la formulación y, sobre todo, en la ejecución de los cambios. Nadie conoce mejor las grietas del sistema que quien lidia con ellas a diario.

Pero escuchar implica también exigir. La legitimidad de esa voz docente se fortalece cuando está acompañada de responsabilidad y compromiso. No es razonable que, en medio de urgencias acumuladas, se interrumpa la docencia con ligereza o se normalicen prácticas que debilitan la continuidad educativa. El derecho a la protesta no puede vaciar el derecho del estudiante a aprender.

La reforma, si ha de ser seria, exige un pacto implícito: participación real del magisterio y, a cambio, una ética profesional que coloque al estudiante en el centro. Sin ese equilibrio, cualquier cambio será apenas retórico

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