El cerco múltiple: la verdadera estrategia de Estados Unidos frente a Venezuela
El futuro de Venezuela se juega en un tablero de contención híbrida, no en campos de batalla
La historia enseña que los grandes movimientos estratégicos rara vez comienzan con cañonazos visibles. Las imágenes de destructores estadounidenses en el Caribe y la recompensa de cincuenta millones de dólares por Nicolás Maduro transmiten la idea de una confrontación militar.
Sin embargo, todo indica que lo que está en marcha no es una invasión convencional, sino un cerco múltiple: un entramado de medidas judiciales, financieras, militares y diplomáticas que busca desfinanciar la maquinaria ilícita que sostiene al régimen venezolano.
Como hemos sostenido en columnas anteriores, la crisis venezolana no es meramente electoral, sino estructural. Se trata de un Estado capturado por redes criminales y apuntalado por potencias que rivalizan con Washington en la disputa por la influencia global.
Estados Unidos despliega un esquema de presión que opera en cuatro frentes complementarios:
- Judicial y criminal: la designación del Cártel de los Soles y del Tren de Aragua como organizaciones terroristas busca criminalizar el poder ilícito dentro del Estado y aislar a sus líderes.
- Financiero: sanciones selectivas y controles sobre intermediarios y refinerías de oro pretenden encarecer el acceso del régimen a divisas y cerrar sus rutas de lavado.
- Militar disuasivo: el despliegue naval en el Caribe no anticipa un desembarco, sino que busca encarecer la logística ilícita y proyectar poder frente a Moscú, Pekín y Teherán.
- Político-diplomático: apoyo a la oposición, coordinación con gobiernos regionales y concesiones condicionadas a ciertos actores económicos forman parte de la dimensión negociadora del cerco.
Este patrón recuerda a las estrategias de contención prolongada de la Guerra Fría: presionar sin invadir, desgastar sin precipitar un choque frontal.
El núcleo de esta estrategia es la economía ilícita que alimenta al Estado paralelo chavista. Oro, drogas, contrabando y criptomonedas son las arterias financieras que sostienen la lealtad militar y mantienen cohesionada a la élite gobernante. Como recuerda Edgardo Buscaglia, profesor en Columbia, sin desmontar esas redes ilícitas toda presión internacional resulta insuficiente.
Lo que se libra no es una guerra de tanques, sino una guerra de costos y márgenes: estrangular esas arterias y encarecer cada transacción. La lógica es clara: sin recursos para comprar lealtades, el poder político pierde cohesión.
Venezuela no es un caso aislado, sino un nodo en la competencia sistémica global:
- China asegura petróleo y gana influencia en el Caribe, región estratégica para Washington.
- Rusia convierte a Caracas en símbolo de resistencia antioccidental y vía de escape a sanciones energéticas.
- Irán utiliza al régimen como plataforma política y energética en el hemisferio.
En el centro de este cerco está el petróleo, la arteria estratégica que financia al chavismo y, al mismo tiempo, atrae a potencias rivales. El caso Chevron ilustra la paradoja: Washington restringe y a la vez concede. Así, el petróleo no escapa al cerco: es quizá su objetivo más decisivo.
El petróleo venezolano, como señalamos en "El dilema del petróleo", no es solo un recurso: es un arma geopolítica. El cerco múltiple busca impedir que sea usado como palanca de influencia de potencias rivales en un espacio que Estados Unidos no está dispuesto a ceder.
La política estadounidense enfrenta un dilema: la dureza de las sanciones convive con concesiones parciales, como las licencias a Chevron. Esa ambigüedad es una paradoja estratégica: debilita ciertos circuitos ilícitos, pero al mismo tiempo da oxígeno al régimen y retrasa su desgaste.
Además, la presión tiene efectos colaterales en lo humanitario y migratorio. Las sanciones refuerzan los argumentos de miles de solicitantes de asilo, pero las políticas restrictivas de Washington reducen sus posibilidades reales de protección. La consecuencia es una región tensionada entre la necesidad de contención y el imperativo de humanidad.
Si seguimos la lógica de los debates estratégicos actuales, pueden plantearse cinco escenarios principales, cada uno con distinta probabilidad de ocurrencia:
- Disuasión efectiva: debilitamiento de redes ilícitas, fracturas internas del régimen y apertura de una salida negociada.
- Escalada controlada: incidentes retóricos o movimientos militares en el Caribe que eleven la tensión sin desembocar en una guerra abierta.
- Reajuste condicionado: concesiones económicas puntuales a cambio de pasos verificables hacia una transición democrática, con el riesgo de prolongar la supervivencia del régimen.
- Congelamiento prolongado: adaptación de las redes ilícitas, nuevos apoyos externos y persistencia del statu quo con cambios marginales.
- Colapso repentino: implosión del régimen por fracturas en la cadena de mando o retiro inesperado de apoyos externos; menos probable, pero no descartable.
El desenlace dependerá de la sincronía regional: ningún cerco tendrá éxito sin la coordinación activa de Colombia, Brasil y el Caribe, más aún cuando Bogotá y Brasilia mantienen su negativa a reconocer la legitimidad de Maduro. Para Washington, el Caribe no es solo un mar: es la frontera estratégica más próxima a su territorio.
El futuro de Venezuela se juega en un tablero de contención híbrida, no en campos de batalla. La estrategia de Washington no busca invadir, sino desfinanciar y aislar: elevar costos y cortar las arterias ilícitas que sostienen al régimen.
Este es un pulso geopolítico donde se cruzan crimen organizado, petróleo y poder global. Como advertimos en columnas anteriores, el desenlace venezolano trasciende lo electoral: es una disputa por el orden regional y por la manera en que las potencias configuran su influencia en el siglo XXI.
En un mundo donde la guerra en Ucrania y las tensiones entre Washington y Moscú aún no encuentran salida, la presión sobre Venezuela también puede leerse como pieza en la negociación global. Sea cual sea el trasfondo, lo cierto es que para el Caribe y América Latina este cerco tiene consecuencias propias y directas que no deben pasarse por alto.
La guerra en curso es silenciosa, sin balas ni trincheras, pero con efectos tan decisivos como cualquier enfrentamiento convencional. El cerco puede lograr la presión; pero solo una respuesta regional que combine firmeza con humanidad abrirá paso a una salida legítima y sostenible para Venezuela y a una mayor estabilidad para el Caribe.