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Partidos y circo

Entre el pasado y el futuro se debate el desconcierto del presente

Mientras algunas sociedades sueñan con volver a su pasado, otras deliran con los cambios del futuro. Son dos tipos de frustraciones frente al presente: en una porque se cree que antes era mejor; en otra porque se quiere mejorar lo que hay. En ambas subyace la misma inconformidad con el hoy.

Ese desconcierto ha encontrado drenajes ideológicos tanto en la derecha conservadora como en la izquierda progresista. En la primera predomina una añoranza por el pasado, cuya referencia ofrece certezas ancladas en la tradición, la religión, la autoridad y la identidad nacional; en la segunda se apuesta por el futuro, desmontando estructuras tradicionales sobre la idea de que el avance tecnológico, económico y social es crucial para el desarrollo, la inclusión y las libertades ciudadanas.

Hoy el Occidente se debate entre esas tensiones ideológicas, cuadro que genera ambientes de confrontación, crisis de gobernabilidad, parálisis legislativa, desconfianza colectiva y debilitamiento de la cohesión social.  

La polarización dificulta la gobernabilidad en países como Estados Unidos, Francia, España y Alemania, por citar algunos.  Las discrepancias ideológicas en sociedades políticas cada vez más agrietadas obligan en algunos casos a convenir alianzas para crear las mayorías parlamentarias que garanticen la formación de gobiernos. 

La República Dominicana vive al margen de esa dinámica. No hay ideologías en disputa. Ese no es nuestro problema. Los grandes partidos no se diferencian por contenidos ideológicos. Es más, la mayoría de sus militantes ignoran si existen o no esas bases; son estructuras electorales cuyo medio y fin es el poder. Predomina así un empirismo pragmático regido por intereses. Eso es bueno y es malo.

Es bueno porque el exceso de ideología tiende a polarizar a la sociedad, a promover dogmas inamovibles y a bloquear consensos. Las sociedades "desideologizadas" suelen ser más resilientes frente a las crisis, ya que procuran salidas de fácil consenso basadas en soluciones empíricas o en la negociación de intereses. Es malo porque la ausencia de ideologías hace que la nación marche sin principios rectores del desarrollo integral, reduciendo la política a automatizaciones tecnocráticas o a un pragmatismo de conveniencias. Las ideologías aportan visiones, concepciones sustantivas, valores y "sentido humano" a las políticas públicas.

El pragmatismo político ofrece riesgos. Uno de ellos es la flexibilización de los estándares para hacer política. Al tratarse de una ocupación empírica, no precisa de una formación ideológica relevante. Así, los partidos quedan reducidos a plataformas que se arman y desarman en cada elección. Recuerdan las carpas de un circo, que se despliegan solo para las temporadas electorales. Trabajan para un proyecto de ocasión. Son, en los hechos, empresas de logística/marketing para apoyar y promover candidaturas.  Esos mismos criterios sirven de base para negociar alianzas, concertadas, en la mayoría de los casos, sin presupuestos ideológicos ni estrategia programática. El peligro surge cuando esas organizaciones prestan sus estructuras a agendas personales o empresariales desconectadas de las del colectivo.

Creo en los partidos políticos.  Son construcciones orgánicas de la democracia, pero no comparto la "acriticidad" de algunos que los lleva a reprochar cualquier reparo a esas organizaciones, como si fueran de fabricación sueca.  Es más, la democracia es lo que son sus partidos. Es como concebir un sistema educativo sin maestros; o, habiéndolos, pensar que con maestros malos lograremos educación buena. Así, si los partidos andan mal, la democracia peor.  

Cada vez más las encuestas de opinión revelan en la población un desaliento progresivo de los partidos políticos, actitud corroborada por una abstención electoral de crecimiento sostenido en los últimos veinte años. Tal tendencia ha corrido de un 27.16 % en el 2004 a un 45.63 % en el 2024. ¿Eso no provoca alguna reflexión?

A los partidos y a los opinantes profesionales que validan sus prácticas les cuesta aceptar que hay crisis. Sí, existe, y es profunda: de confianza, legitimidad y representatividad.  Toda alegación contraria es ilusa. ¿Qué aportan las organizaciones políticas a la conciencia y pensamiento de su militancia? ¿Y los institutos de formación política? ¿Dónde están los principios orgánicos que soportan los compromisos ciudadanos de sus activistas? ¿Qué diferencia separa a un militante de un partido y de otro? Recuerdo a Rafael Barret: "Se parecen tanto unos a otros los partidos, que la única manera de distinguirlos es ponerle un color".

Emerge, sin embargo, una corriente que quiere imputar esa desconfianza a la "retórica antipartido" del activismo social que se mueve en las redes y plataformas digitales. No. Esa actitud es vana autojustificación. La realidad de fondo es que la crítica de la sociedad es una reacción legítima derivada del descrédito de la actividad política, condición que ninguna organización ha reconocido, al menos públicamente. Llegó la hora de los mea culpa. Partidos fuertes, democracia madura. Se impone preguntar por qué el circo ya no atrae público.  Buen momento para cambiar gradas, carpas, montajes... y ¡payasos!

TEMAS -

Abogado, ensayista, académico, editor.