El pollo bajó... es una muy buena noticia
Entre alivio al consumidor y rentabilidad del productor
En medio de un escenario internacional marcado por tensiones en Medio Oriente, con efectos previsibles sobre los commodities, República Dominicana recibe una señal alentadora: el precio del pollo ha descendido hasta los 32 pesos por libra a puerta de granja.
La pregunta inmediata es inevitable: ¿es sostenible ese nivel para el productor? La respuesta no es simple. El reto está en encontrar una fórmula que garantice rentabilidad prudente para pequeños y grandes productores, al tiempo que permita transferir ese beneficio al consumidor. En ese equilibrio, el rol del Estado es clave como garante de la seguridad alimentaria, promoviendo condiciones que eviten distorsiones y aseguren estabilidad.
La experiencia internacional demuestra que los sistemas más resilientes son aquellos que logran alinear los intereses de toda la cadena: producción, comercialización y consumo. No se trata solo de responder a las crisis, sino, de reducir su impacto y generar un entorno de mayor previsibilidad. En momentos de tensión global, como el actual, suelen activarse medidas coyunturales, como programas de pignoración, para proteger al productor sin desarticular el mercado.
Más allá de esas consideraciones, lo cierto es que la reducción del precio del pollo representa una noticia positiva, con impacto directo en la canasta básica. Se trata de la proteína más consumida por los dominicanos y una de las más accesibles. Que su precio baje en un contexto adverso, habla de la capacidad de respuesta del mercado local y de una estructura de abastecimiento más diversificada.
La importación desde mercados como Estados Unidos y Brasil ha permitido amortiguar los choques externos, sosteniendo el equilibrio interno. Y ese equilibrio comienza a reflejarse en el consumidor. En el llamado canal caliente: mercados populares, puestos de venta directa y colmados, el precio ha bajado más de 20 pesos por libra. Es allí donde compra la mayoría de la población, especialmente los sectores más vulnerables, y donde el alivio ya es tangible. Al tratarse de un circuito sin procesamiento industrial, los ajustes se trasladan con mayor rapidez.
Este descenso tiene un valor social significativo. Cuando baja el precio del alimento más básico, mejora la capacidad de compra y se genera un impacto directo en el bienestar de los hogares.
En contraste, el canal frío, como es el caso de los supermercados y sistemas de conservación, muestra una mayor estabilidad. En estos espacios, los precios han sido mantenidos de manera más controlada, respondiendo a una lógica que privilegia la consistencia, los estándares de calidad y la previsibilidad. Por ello, los ajustes tienden a ser más lentos.
Esta diferencia no implica una falla, sino, una característica estructural del mercado. Los sistemas en frío operan con mayor rigidez ante cambios bruscos, tanto al alza como a la baja, lo que retrasa la transferencia inmediata de beneficios.
Sin embargo, el comportamiento general apunta a una convergencia. Así como el alza anterior se trasladó de forma progresiva, la reducción actual tenderá a consolidarse en toda la cadena.
El pollo bajó. Y eso, más allá de cualquier matiz, es una muy buena noticia. Refleja capacidad de adaptación, fortalece la seguridad alimentaria y abre una oportunidad concreta de alivio para la población.
El desafío ahora es sostener ese equilibrio, para que el beneficio no sea momentáneo, sino parte de una dinámica más estable y justa para todos.

Rossanna Figueroa