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Una campaña por la escuela

La evaluación docente se ha transformado en un pretexto para justificar incrementos salariales, dejando en un segundo plano el aprendizaje de los estudiantes y asegurando que el docente con bajo rendimiento permanezca en su puesto.

La escuela, en cualquier nivel o modalidad, es un espacio diseñado por las sociedades para que sus ciudadanos aprendan. No es el único lugar donde se aprende, pero sí es el único cuya finalidad y principal medida de desempeño es el aprendizaje.  Cada escuela es una entidad única que enfrenta desafíos propios.

Para abordar estos retos, requiere cierto grado de autonomía. Pero aun cuando puede funcionar de manera independiente, su impacto en la sociedad se potencia con el respaldo y la dirección proporcionados por su integración en un sistema.

 En el caso dominicano, el sistema educativo fue estructurado bajo la dirección de un ministerio encargado de definir políticas, planes, programas, currículos y estándares para todo el sistema.

Además de gestionar los centros educativos estatales de nivel preuniversitario. El ministerio no enseña, enseña la escuela. El ministerio cuenta con un presupuesto propio, la escuela pública no. Esta última se limita a recibir las directrices, el personal y los recursos enviados desde la sede central.

Para que un modelo tan centralizado funcione es necesario disponer de una estructura muy simple, una comunicación ágil entre la sede y los centros, confianza mutua, y un fuerte compromiso de toda la organización con el aprendizaje de los estudiantes.

Desafortunadamente, en el prolongado y doloroso período de crisis y desatención que vivió la educación dominicana estos elementos se perdieron.

Cuando las cosas comenzaron a cambiar, aprobarían leyes, pactos, planes y currículos y se mejorarían, tantos las condiciones de vida de profesores y estudiantes, como las condiciones materiales de los centros educativos.

Pero juntos o separados, esos elementos no son aprendizajes y sólo impactan el desempeño escolar cuando van acompañados de grandes expectativas y del trabajo arduo, constante y disciplinado que los aprendizajes demandan.

De hecho, en lugar de estimular el trabajo, las mejoras terminaron alimentando el poder y las demandas de los sectores políticos, sindicales y empresariales que coexisten en el sistema.

Transformando al ministerio en un organismo mastodóntico y esquizofrénico donde los aprendizajes son vistos con indiferencia y las mejores iniciativas terminan siendo ignoradas o convertidas en pretextos para aumentar salarios, realizar compras o contratar obras y servicios.

Algunos ejemplos. Se revisa con frecuencia, pero en las escuelas, donde debería fungir como la guía principal, el currículo rara vez se le toma en cuenta.

Los conflictos durante el proceso de contratación de textos y materiales son recurrentes; no obstante, una vez adquiridos, estos no suelen llegar a tiempo, muchos permanecen almacenados en bodegas y distritos, y, de los que finalmente llegan a las escuelas, la mayoría son empleados de manera inadecuada o, simplemente, no se utilizan.

Las constantes modificaciones de la organización siempre terminan complicando las operaciones para crear nuevos puestos. En los concursos para ingreso a la carrera docente, no es inusual que un centro que requiere un profesor de matemáticas reciba, en cambio, a un docente de educación inicial y a otro de educación física.

Asimismo, la evaluación docente se ha transformado en un pretexto para justificar incrementos salariales, dejando en un segundo plano el aprendizaje de los estudiantes y asegurando que el docente con bajo rendimiento permanezca en su puesto.

Por otro lado, aunque la construcción masiva de aulas y la implementación del programa de alimentación escolar buscan sostener una jornada escolar extendida, las horas asignadas a las materias básicas del currículo permanecen iguales a las de la jornada de medio día.

En lo que respecta a la educación superior, tanto en los programas de formación docente como en cualquier carrera en la que se apliquen evaluaciones masivas, los resultados han resultado ser desalentadores.

Aunque funcionarios, empresarios, sindicatos, docentes, estudiantes, padres y comunidades son conscientes de estas realidades. Pero a fuerza de indiferencia, insolidaridad o arraigada costumbre, hemos llegado a asumir que el mínimo esfuerzo, el irrespeto a las normas y a la autoridad, la permisividad y el deficiente desempeño estudiantil son características inherentes al sistema educativo dominicano.

Pero no hay que tirar la toalla. Una sociedad tan dinámica como la dominicana tiene la capacidad para dar, en unas pocas décadas, un salto significativo en materia educativa.

Para ello resulta imperativo recuperar los aprendizajes como el propósito fundamental de la institución escolar y consolidar a la escuela como el eje central del sistema educativo.

Además, sería igualmente necesario una profunda reestructuración que, partiendo de la escuela como núcleo central, simplifique la estructura mastodóntica y esquizofrénica vigente.

Todo ello apoyado por una campaña nacional que, valiéndose de todos los medios disponibles, promueva la valoración y protección de la escuela como el espacio esencial donde se forjan el carácter y el porvenir de la nación.


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