Metas de salud: ¿por qué empezamos con fuerza y terminamos rindiéndonos?
No es falta de fuerza de voluntad: es que estamos intentando cambiar desde la emoción y no desde la estructura

Enero llega siempre con promesas nuevas, tenis recién comprados y una frase que se repite como mantra colectivo: "Este es mi año". El año para bajar de peso, para empezar el gym, para comer limpio, para dormir ocho horas, para "por fin cuidarme".
Sin embargo, unas semanas después, la motivación se diluye como el entusiasmo del 1 de enero. Y no, no es porque seamos flojos.
Según Bernabé Lagrule, coach de entrenamiento de fuerza y salud integral y CEO de BL Performance, el problema no está en la meta. Está en el punto de partida.

Durante años ha visto el mismo patrón en personas brillantes, trabajadoras y comprometidas que, aun así, abandonan. ¿La razón? Intentan cambiar su vida desde la emoción, no desde la estructura.
Queremos el resultado sin transformar la base que lo sostiene. Deseamos el cuerpo, la energía o la talla, pero rara vez nos preguntamos algo más profundo: ¿quién debo convertirme para mantener eso cuando la motivación desaparezca?
Porque sí, la motivación siempre desaparece.
El mito del impulso inicial
Creemos que el cambio es un momento épico: una decisión radical, una inscripción al gimnasio, una dieta estricta que empieza "este lunes sin falta". Pero, en realidad, el cambio es mucho más silencioso. Es repetitivo. Es, a veces, aburrido.
"El cuerpo no responde a discursos inspiradores; responde a hábitos diarios, incluso en los días incómodos", explica Lagrule. Y ahí es donde muchos tropiezan. Se empieza con intensidad máxima: dieta rígida, entrenamiento exigentes, cero azúcar, cero vida social. Todo o nada.
Pero el cuerpo se cansa. Y la mente también.
Lo que solemos llamar disciplina muchas veces es autoexigencia mal dirigida. Nos empujamos al límite, nos castigamos por cualquier error y, cuando inevitablemente fallamos, el abandono se siente como alivio.
Las dietas rígidas, entrenamientos extenuantes o reglas imposibles no son displina.
"Eso es autoexigencia mal dirigida. El cuerpo se fatiga, la mente se rebela y el abandono se convierte en alivio. Porque la salud no se construye castigándose, sino aprendiendo a ser constante sin violencia interna", revela el coach de fitness y salud.
Volver a lo conocido -aunque no nos haga bien- parece más amable que sostener una guerra interna permanente.
Sin embargo, el cambio real no ocurre cuando alguien lo hace perfecto durante dos semanas. Ocurre cuando aprende a regresar después de fallar sin destruirse emocionalmente. Cuando entiende que equivocarse no invalida el proceso.
Metas sin sistema

Decir "quiero estar saludable" suena maravilloso, pero no es un plan. Es apenas una intención. Y las intenciones, por sí solas, dependen del estado de ánimo. Hoy tengo ganas, mañana no. Hoy entreno, mañana me rindo.
El estado de ánimo no es una base sólida para construir algo duradero.
Las personas que logran transformaciones sostenibles no son superhumanas ni poseen una fuerza de voluntad infinita. "Son estratégicas", asegura lagré. Diseñan estructuras simples que se repiten incluso cuando no tienen ganas. Sistemas que contemplan los días largos, el cansancio, el estrés, la vida real.
Por ejemplo, en lugar de prometerse entrenar dos horas diarias, se comprometen con 30 minutos realistas. En vez de eliminar todo lo que disfrutan, organizan su alimentación de forma flexible. En lugar de castigarse por faltar un día, retoman al siguiente sin drama.
La diferencia no está en la intensidad del inicio, sino en la capacidad de permanecer cuando el entusiasmo se apaga.
Y ahí aparece una idea clave: las metas que nacen solo del deseo suelen ser frágiles. Las que nacen desde la identidad son más fuertes. No es "quiero estar en forma", es "soy una persona que se cuida". No es "voy a intentarlo este año", es "esto forma parte de quien soy".
Cuando el cambio se integra a la identidad, deja de depender del calendario. Ya no es un reto anual ni una moda de temporada. Es una práctica diaria de respeto propio.
En ese punto, la pregunta deja de ser "¿por qué fracaso cada enero?" y se transforma en algo mucho más poderoso: "¿qué estructura necesito para convertirme en la persona que puede sostener esto?".
Y entonces, casi sin darte cuenta, las metas dejan de ser promesas que se rompen porque ya no dependen de un "este es mi año", sino de un "esto es quien soy", enfatiza Lagrule. Y así se convierten en hábitos que te acompañan.

Beatriz Bienzobas