¿Se puede prevenir la violencia hacia la mujer desde la crianza?
Muchas de las conductas de control y violencia tienen sus raíces en la infancia, la crianza y los modelos afectivos aprendidos en el hogar

En medio de un mayo marcado por alarmantes casos de feminicidios y violencia contra la mujer en República Dominicana, surge la pregunta: ¿dónde comienzan a construirse las dinámicas que normalizan el control, la posesión y la violencia dentro de las relaciones?
Especialistas señalan que muchas de estas conductas tienen sus raíces en la infancia, la crianza y los modelos afectivos aprendidos en el hogar. Para profundizar sobre el tema, conversamos con la terapeuta sistémica familiar y de pareja Jocabed Marte, de @mentalmenterd.
—¿Cómo se empiezan a formar en la infancia las ideas sobre el amor y el control dentro de una relación?
Las ideas sobre el amor, el control y la manera de vincularse comienzan a construirse desde muy temprano en la infancia, principalmente a través de las experiencias afectivas dentro del sistema familiar.
El niño aprende qué significa amar observando cómo se relacionan sus figuras de apego: cómo se comunican, cómo manejan los conflictos, cómo expresan el afecto, el respeto, el poder y los límites.
Si un niño crece en un entorno donde el amor está asociado al control, los celos, la invasión de espacios personales o la dominación emocional, puede internalizar la idea de que amar significa poseer o controlar al otro para no perderlo.
Desde la mirada sistémica, muchas conductas relacionales no aparecen de forma aislada; suelen ser aprendizajes emocionales profundamente normalizados dentro de la dinámica familiar.
A veces el control nace del miedo al abandono, de inseguridades afectivas o de vínculos de apego donde el amor estuvo condicionado, fue impredecible o estuvo acompañado de miedos palpables.
Comprender de dónde vienen estas ideas no busca justificar conductas de control, sino entender cómo se forman para poder transformarlas. Los vínculos saludables se construyen cuando aprendemos que amar no significa poseer, sino acompañar al otro desde el respeto y la seguridad emocional.
—¿Qué creencias culturales pueden sembrar la idea de que una pareja es una posesión?
Existen creencias culturales muy arraigadas que históricamente han reforzado la idea de que la pareja es una posesión y no un vínculo entre dos personas libres.
Frases como: "si te cela es porque te ama", "tu pareja te pertenece", "debes aguantar por amor" o "el hombre debe tener control de la relación" transmiten mensajes donde el amor se mezcla con dominio, dependencia o poder.
También hay modelos culturales donde se educa a los hombres desde la idea de control, autoridad o validación a través de la posesión afectiva, mientras que a muchas mujeres se les enseña a tolerar, complacer o sacrificar sus límites para sostener el vínculo.
Desde un análisis profundo, estas creencias suelen sostenerse transgeneracionalmente. Muchas personas reproducen dinámicas que vieron normalizadas en sus familias sin cuestionarlas, porque emocionalmente aprendieron que "así funcionan las relaciones".
Revisar estas creencias culturales permite entender que el amor sano no implica posesión, control ni sacrificio extremo. Una relación saludable se construye cuando ambas personas pueden vincularse desde el respeto mutuo, la confianza y la autonomía emocional.
—¿Cómo influye el ejemplo de los padres en la manera en que los hijos entenderán el respeto y los límites en sus relaciones?
El ejemplo de los padres tiene un impacto enorme en cómo los hijos comprenderán el respeto, los límites y la manera de vincularse afectivamente. Los niños no aprenden únicamente desde lo que se les dice, sino desde lo que observan diariamente.
Si crecen viendo relaciones donde existe diálogo, validación emocional, respeto por la individualidad y manejo saludable de los conflictos, es más probable que desarrollen vínculos más seguros y respetuosos.
Pero si observan violencia verbal, humillación, control, manipulación emocional, invasión de privacidad o miedo dentro de la relación parental, pueden normalizar estas dinámicas y replicarlas en el futuro, ya sea desde el rol de quien controla o desde el rol de quien tolera el maltrato.
Desde la terapia sistémica, entendemos que muchas veces, el niño adapta emocionalmente su percepción del amor para sobrevivir dentro de su entorno familiar. Por eso, lo que se repite constantemente termina convirtiéndose en "lo normal" para él.
Los niños crecen creyendo que el amor se parece a lo que viven en casa. Por eso, educar emocionalmente también implica revisar la forma en que nos relacionamos, porque muchas veces los adultos enseñan sobre el amor incluso cuando no están hablando de él.

—¿Qué señales tempranas en niños y adolescentes pueden indicar tendencias hacia el control y la violencia?
- Necesidad excesiva de controlar a otros.
- Baja tolerancia a la frustración.
- Dificultad para aceptar límites o un "no".
- Reacciones desproporcionadas ante el rechazo.
- Celos intensos o conductas posesivas.
- Necesidad constante de supervisar amistades o relaciones.
- Conductas agresivas para resolver conflictos.
- Falta de empatía hacia el malestar ajeno.
- Humillaciones, manipulación o intimidación hacia otros.
- Creencias rígidas sobre poder, género o autoridad.
Es importante entender que estas conductas no deben verse únicamente desde el juicio o el castigo, sino como señales de algo que el niño o adolescente aún no sabe gestionar emocionalmente.
Muchas veces detrás del control existe inseguridad, miedos, carencias afectivas, heridas emocionales del pasado, traumas de la infancia, dificultad para regular emociones o modelos aprendidos de relación.
Ningún niño nace sabiendo gestionar sus emociones o sus vínculos. Por eso, detectar estas señales tempranamente no busca etiquetar, sino abrir espacios de acompañamiento, regulación emocional y aprendizaje de relaciones basadas en el respeto y la empatía.
—Cuando esas conductas aparecen, ¿qué deben hacer los padres?
Lo más importante es intervenir tempranamente desde la firmeza y la comprensión emocional al mismo tiempo.
No se trata de justificar la conducta, pero sí de entender qué necesidades emocionales, miedos, aprendizajes o patrones conductuales pueden estar sosteniéndola.
Los padres deben:
- Establecer límites claros y consistentes.
- No normalizar conductas de control o agresión.
- Enseñar responsabilidad emocional.
- Hablar abiertamente sobre respeto y consentimiento.
- Modelar relaciones saludables dentro del hogar y en otros contextos, debe haber coherencia.
- Ayudar al niño o adolescente a nombrar y regular sus emociones, siempre y cuando el adulto tenga la capacidad de gestionar sus propias emociones.
- Buscar apoyo psicológico si las conductas persisten o aumentan.
Desde una mirada sistémica, muchas veces el síntoma del hijo también refleja tensiones familiares más profundas: dinámicas violentas, dificultades en la comunicación, figuras emocionalmente ausentes o patrones transgeneracionales de control.
Corregir estas conductas no implica únicamente castigar, sino enseñar nuevas formas de relacionarse.
La infancia y la adolescencia son etapas clave para aprender sobre empatía, límites, respeto y manejo emocional; por eso, la intervención temprana de los adultos puede marcar una gran diferencia en la manera en que ese niño construirá sus relaciones en el futuro.
—¿Cómo enseñar desde la crianza a manejar el rechazo, la frustración y los límites personales?
Enseñar a manejar el rechazo, la frustración y los límites personales comienza con adultos que tengan la capacidad de gestionar adecuadamente sus propias emociones. Muchas veces, ciertos patrones de crianza se transmiten desde las carencias emocionales, las heridas no resueltas o modelos aprendidos, y no desde la consciencia emocional.
Cuando un niño crece observando que los problemas se resuelven desde el enojo, la agresividad, la frustración o el dolor emocional, puede aprender a reaccionar de la misma manera ante los conflictos o el rechazo.
Por eso, para criar niños emocionalmente sanos, es fundamental que existan adultos capaces de modelar regulación emocional, coherencia y relaciones saludables.
Un niño necesita aprender que no siempre obtendrá lo que desea, y que eso no significa abandono, rechazo ni pérdida de valor personal.
Cuando los padres establecen límites claros, firmes y consistentes desde el amor y el respeto, el niño desarrolla tolerancia a la frustración y aprende que los vínculos no dependen del control o la imposición.
También es importante validar las emociones sin justificar conductas dañinas.
Por ejemplo: "Entiendo que estés molesto porque te dijeron que no; sin embargo, eso no te da derecho a gritar, controlar o lastimar".
Muchos adolescentes y adultos que reaccionan violentamente al rechazo nunca aprendieron a gestionar emocionalmente la frustración. En muchos casos crecieron en ambientes donde sus emociones fueron invalidadas, no eran escuchados, o donde el rechazo se vivía como humillación y el amor dependía del control, la aprobación o la obediencia.
Educar emocionalmente no significa evitarles frustraciones a los hijos, sino enseñarles a atravesarlas de manera saludable, aprendiendo que los límites, el respeto y la regulación emocional también forman parte del amor.
—¿Cómo pueden los padres desaprender creencias dañinas que ellos mismos recibieron?
Los padres pueden desaprender creencias dañinas cuando comienzan a cuestionar conscientemente aquello que normalizaron durante años.
Muchas veces las personas crían desde lo que conocieron, incluso cuando eso les hizo daño, porque emocionalmente fue el modelo que aprendieron como "correcto" o "normal". Por eso, el primer paso es desarrollar conciencia y reconocer que algunas dinámicas heredadas pueden estar afectando la manera de amar, comunicarse o ejercer autoridad.
Luego, es importante abrir espacios de reflexión emocional y hacerse preguntas como:
- ¿Qué aprendí sobre el amor en mi infancia?
- ¿Cómo se manejaban los conflictos en mi familia?
- ¿Qué conductas normalicé?
- ¿Qué heridas emocionales no he sanado y cómo influyen en mi crianza?
Desde la terapia sistémica, sanar implica no solo mirar al individuo, sino también comprender las lealtades familiares, los patrones repetitivos y las historias emocionales que se transmiten generacionalmente.
Algo profundamente importante es entender que romper ciclos no significa culpar a los padres, sino asumir la responsabilidad consciente de construir relaciones más saludables para las nuevas generaciones.
Sin embargo, romper patrones no es sencillo. Es una decisión que duele, confronta y muchas veces genera resistencia dentro del propio sistema familiar.
En ocasiones, quien decide cambiar puede ser visto como "la oveja negra de la familia", porque deja de seguir dinámicas que durante años fueron percibidas como normales o parte de la cultura familiar.
Muchas personas permanecen atadas a lealtades invisibles, cargando dolores, creencias y heridas que han pasado de generación en generación. Pero romper con esos patrones no hace a alguien desleal, débil o egoísta; al contrario, requiere valentía emocional.
Sanar implica poder decir: "Este dolor no me pertenece. No es mi responsabilidad seguir sosteniéndolo ni heredándolo".
Dejar atrás creencias y costumbres familiares que afectan emocionalmente no es traicionar la historia familiar; es elegir una forma más sana de vivir y relacionarse. Porque quien permanece esclavo del pasado, muchas veces termina repitiéndolo.

Laura Ortiz Güichardo