×
Versión Impresa
Día Jueves, 19 de Febrero de 2026 Edición 7251.
Secciones
Última Hora
Podcasts
Encuestas
Servicios
Plaza Libre
Efemérides
Cumpleaños
RSS
Herramientas
Más
Contáctanos
Sobre Diario Libre
Aviso Legal
Redes Sociales
Soltar a los hijos
Soltar a los hijos

Cuando dejamos de ser necesarias: reflexiones sobre el arte de soltar a los hijos

Tal vez el verdadero reto de la maternidad no es criar, sino saber cuándo dejar de hacerlo. Y hacerlo sin culpa, sin miedo y, si es posible, con un poco de humor

Expandir imagen
Cuando dejamos de ser necesarias: reflexiones sobre el arte de soltar a los hijos
Soltar a los hijos no es dejar de amar, no es abandonar ni desentenderse; es, más bien, confiar. (SHUTTERSTOCK)

Mayo siempre nos invita a hablar de maternidad: de lo que significa ser madre, de los sacrificios, del amor incondicional y también de las culpas.

Sin embargo, hay un tema del que se habla poco, quizás porque no sabemos bien cómo nombrarlo o porque nos cuesta mirarlo de frente: el momento en que dejamos de ser necesarias.

En inglés ha empezado a aparecer un término que intenta describir ese proceso: unparenting.

No es un concepto formal ni ampliamente definido, pero apunta a algo muy real: el tránsito de soltar el rol activo de crianza, de dejar de ser el centro operativo de la vida de nuestros hijos, de pasar, poco a poco, de ser indispensables a ser acompañantes.

"Unparenting", desapego, soltar...

No estoy segura de que exista una palabra exacta en español. Tal vez "desapego", tal vez "soltar", pero ninguna recoge del todo la mezcla de orgullo, vacío, libertad y, a veces, miedo que implica.

Y sí, es un tema que genera posiciones encontradas. Cuando hablamos de crianza, el mundo se divide en dos. Están quienes creen en la presencia constante, casi total, y quienes defienden la independencia temprana.

Están los que piensan que nunca es demasiado acompañamiento, y los que creen que a veces acompañar demasiado es impedir crecer. Yo, de alguna manera, he estado en varios lugares al mismo tiempo.

Tengo tres hijos y varios hijastros, y si algo he aprendido es que no existe una sola forma de criar. He visto estilos totalmente distintos, incluso dentro de mis propias experiencias. Y claro, he terminado comparando, no siempre con intención, pero sí con curiosidad.

Recuerdo, por ejemplo, cuando mi hijo mayor se fue a los 17 años a un programa de intercambio en Bélgica. Era el año 2012 y, en ese momento, ese tipo de programa no permitía visitas familiares durante todo el año. Hoy, pensándolo bien, suena casi radical.

Sin embargo, lo curioso es que no recuerdo haberme sentido preocupada. Mi retoño tenía 17 años, estaba en otro continente, y aun así yo confiaba profundamente en él: en su carácter, en su forma de ser, en su capacidad de manejarse en el mundo.

No recuerdo angustia constante ni esa ansiedad que hoy parece acompañarnos como madres.

Quizás también influía el contexto. No había la misma sobreexposición a noticias catastróficas ni la intensidad de las redes sociales. No vivíamos bombardeadas por historias de peligro, desapariciones o tragedias que hoy se sienten a un clic de distancia. Y, sin darme cuenta, creo que ahí empecé mi propio proceso de unparenting.

Aunque hay algo que también es cierto: podemos soltar, pero no dejar de sentir. Mi hijo nunca volvió a vivir en República Dominicana. De Bélgica pasó a Estados Unidos, y ahí ha construido su vida.

Nos vemos, compartimos tiempo, conversamos como adultos, y cada vez que llega el momento de despedirnos, lloro. Lloro como la primera vez. Porque una cosa es confiar en que están bien, y otra muy distinta es no sentir la ausencia.

Luego vino mi hija del medio, que se quedó en casa hasta los 25 años, mucho más apegada a mí. Con ella experimenté otra versión de la maternidad, una más cercana, más de compañía.

Recuerdo discutir con mi madre cuando me decía que las hijas suelen quedarse más cerca, mientras que los varones tienden a independizarse más, sobre todo cuando forman su propia familia. Yo no estaba de acuerdo. Me parecía una generalización.

Sin embargo, el tiempo (y la vida) me ha demostrado que, al menos en mi experiencia, ella tenía razón.

Con los hijos varones, el desprendimiento suele ser más natural. Con las hijas, la relación se transforma en otra cosa: conversación, complicidad, presencia. No mejor ni peor, solo distinta.

En medio de todo eso está mi forma de ser madre. Siempre he tenido la intención, consciente o no, de enseñarles a mis hijos a ser independientes desde temprano, a no depender de mí por comodidad, a poder sostenerse solos, emocional y prácticamente.

Tal vez fue una decisión. Tal vez fue mi personalidad. Tal vez, siendo honesta, mi mente siempre ha estado en muchos lugares al mismo tiempo, no únicamente en el rol de mamá.

Pero hay algo que sí puedo decir con certeza: hoy los disfruto profundamente como adultos. Conversamos, discutimos, nos decimos las cosas con una honestidad que no siempre es posible cuando son pequeños.

Ya no tengo que medir cada palabra por miedo a herir o a "traumatizar". Aunque, siendo realistas, los traumas vienen incluidos en el paquete de la crianza, lo hagamos como lo hagamos.

De soltar a confiar

Y aquí es donde entra la parte más retadora del unparenting. Porque soltar no es dejar de amar, no es abandonar ni desentenderse.

Es, más bien, confiar. Confiar en que lo que sembraste, bien o mal, perfecto o imperfecto, es suficiente para que esa persona pueda vivir su vida, tomar decisiones, equivocarse y volver a empezar.

Es aceptar que ya no eres el centro. Y que eso, aunque duela un poco, también es una señal de que hiciste tu trabajo.

Tal vez el verdadero reto de la maternidad no es criar, sino saber cuándo dejar de hacerlo. Y hacerlo sin culpa, sin miedo y, si es posible, con un poco de humor.

Si lo pensamos bien, el objetivo nunca fue que nos necesitaran para siempre, sino que pudieran vivir plenamente sin nosotras. Aunque, claro, una llamada al día sería genial.

A veces tengo que recordarle a mi hijo que yo existo con un mensaje de texto que dice: "Hola, mi amor, soy tu mamá, la que te dio la vida y te pagó el colegio ¿me recuerdas?".

TEMAS -

Es escritora, mentora de futuras autoras, consultora de bienestar, facilitadora de Mindfulness, y cofundadora del Instituto Dominicano de Mindfulness (INDOMIND). Puedes conectar con ella en redes sociales: @ericarolcarlo