El día después de la inteligencia artificial
El criterio, la confianza y la capacidad de tomar decisiones cobrarán mayor valor en un entorno donde la tecnología estará al alcance de todos

Llevamos unos años hablando de la inteligencia artificial como si estuviéramos frente a una nueva era; y probablemente así sea. Durante este tiempo hemos discutido cuánto puede transformar las empresas, qué profesiones modificará, qué tareas automatizará y cuánto tiempo tardará en incorporarse a nuestras decisiones cotidianas.
Cuando la tecnología sea igual para todos
Pero, ¿qué ocurrirá el día después de que la inteligencia artificial deje de ser una novedad?
Porque llegará el momento en que usarla dejará de ser una ventaja competitiva; no porque pierda capacidad, sino porque su manejo estará tan extendido que dejará de diferenciar a quienes la utilizan de quienes no. Será entonces cuando comenzará la verdadera discusión.
Hoy una organización puede sorprender porque produce contenidos más rápido, analiza grandes volúmenes de información, automatiza procesos o utiliza herramientas capaces de generar imágenes, textos y presentaciones en segundos. Pero si todos pueden hacerlo, ninguna de esas capacidades será suficiente para explicar por qué una empresa merece ser elegida, escuchada o recordada.
Las promesas también generan pasivos
La inteligencia artificial puede ayudarnos a encontrar respuestas, pero no puede decirnos cuál es la pregunta relevante.
Puede identificar patrones, comparar escenarios, resumir información y generar alternativas; pero la decisión sobre qué hacer con todo ese conocimiento seguirá dependiendo de la capacidad humana de interpretar el contexto, entender las consecuencias y asumir la responsabilidad de elegir.
Esta es una de las grandes paradojas de la inteligencia artificial. Cuanto más fácil sea acceder a información y elaborar contenidos, mayor será el valor de quienes sepan distinguir entre lo posible y lo relevante, con profundas implicaciones para las organizaciones.
Durante mucho tiempo, la ventaja competitiva estuvo asociada al acceso a información, tecnología, talento o capital. La inteligencia artificial está reduciendo estas diferencias. Una empresa pequeña puede acceder hoy a capacidades que hasta hace poco estaban reservadas a organizaciones con grandes equipos y presupuestos.
Eso es democratización y, también, homogeneización. Cuando la misma tecnología está disponible para todos, la tecnología deja de ser el diferencial.
Lo mismo ocurre con la comunicación. Si cualquier organización puede producir en segundos un discurso memorable, una presentación convincente, una campaña impactante o varias versiones de un mismo mensaje, la capacidad de producir contenidos dejará de tener un valor especial, volviendo a ser importante el "fondo" por encima de la forma.
El verdadero valor: el criterio humano
Durante años hemos premiado el conocimiento, después comenzamos a reconocer la capacidad de encontrar información y ahora tenemos que aprender a valorar la capacidad de interpretar, cuestionar y decidir.
El profesional más valioso no será necesariamente quien conozca más herramientas de inteligencia artificial, sino quien sepa cuándo utilizarlas, cuándo cuestionar sus resultados y cuándo confiar más en su propio juicio.
La inteligencia artificial puede generar alternativas, pero no puede asumir las consecuencias. Surge aquí otra dimensión que irá creciendo en importancia; hablamos de la confianza.
Las organizaciones podrán automatizar una parte creciente de sus interacciones, pero no podrán automatizar completamente la credibilidad. Generarán mensajes personalizados, anticiparán comportamientos y responderán con extraordinaria velocidad.
Sin embargo, la confianza seguirá dependiendo de algo más antiguo que cualquier tecnología como la coherencia y consistencia entre lo que se dice, se hace y lo que las personas experimentan.
Tal vez por eso el verdadero desafío de la inteligencia artificial no sea aprender a utilizarla, sino saber qué hacer cuando todos sepan utilizarla.
Ese día, la diferencia volverá a estar en el criterio, la imaginación, la sensibilidad, el juicio y la capacidad de comprender a otros; es decir, en aquello que la tecnología no puede convertir en una mercancía.
La inteligencia artificial seguirá haciendo que las organizaciones sean más rápidas, eficientes e inteligentes; pero no las hará mejores. La tecnología puede ampliar nuestras capacidades, pero no puede sustituir el criterio humano de decidir qué hacer y, sobre todo, para qué.

Luis Rubio Sánchez