La tragedia de las familias dominicanas
La noticia que estremeció al país este fin de semana -una madre en Santo Domingo Este que envenenó a sus tres hijos y luego se quitó la vida- no es un hecho aislado

La noticia que estremeció al país este fin de semana -una madre en Santo Domingo Este que envenenó a sus tres hijos y luego se quitó la vida- no es un hecho aislado.
Detrás de esta tragedia se esconde un dolor profundo, una salud mental deteriorada y una sociedad que aún no sabe reconocer las señales de alarma.
Un caso de salud mental
La carta que dejó esta mujer es reveladora: "No quería dejar a mis hijos en este mundo tan cruel... era mucho para mí sola".
Sus palabras muestran desesperanza, sobrecarga y una visión distorsionada de la realidad. Este tipo de pensamientos suelen aparecer en cuadros depresivos severos o crisis psicóticas, donde la persona cree que protege a sus hijos quitándoles la vida.
Lamentablemente, no se trata un caso aislado, se está convirtiendo en patrón. Historias diferentes, pero un mismo denominador: un profundo deterioro de la salud mental, de los principios morales, ausencia de apoyo familiar y comunitario y una desconexión progresiva de la fe y la esperanza.
Cuando hay violencia o conflictos extremos en una pareja, los hijos casi siempre se convierten en las víctimas invisibles. Aunque no se les toque físicamente, viven en medio de una guerra emocional que los daña, los marca y, en los peores escenarios, les arrebata la vida.
Como sociedad, no podemos quedarnos en el morbo y la especulación. Estos casos nos invitan a mirar hacia la raíz: la falta de redes de apoyo, la normalización de la violencia, mirar para otro lado porque "son sus problemas" y la poca importancia que todavía damos a la salud mental.
Las frases de desesperanza, las amenazas, los celos extremos o los comentarios de que "la vida es demasiado cruel" no deben ser minimizados: son gritos de auxilio que requieren atención inmediata por los familiares cercanos y vecinos.
Ingredientes para tu bienestar: gratitud y esperanza
Respuesta urgente
La tragedia de estas familias nos deja una lección clara: la salud mental debe tratarse con la misma urgencia que cualquier otra emergencia.
Una conversación a tiempo, un espacio de escucha o la intervención profesional adecuada pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte. No se trata solo de evitar el dolor de una madre o de un padre, se trata de proteger lo más sagrado: la familia, la infancia, los valores y la vida misma.
Cuando normalizamos estas tragedias y miramos hacia otro lado, nos negamos la oportunidad de crecer como seres humanos y, peor aún, nos vamos desensibilizando, perdiendo la capacidad de conmovernos ante el dolor ajeno.