Myrna Guerrero, allá donde pueda ver el sol
Una trayectoria con sello propio, entre la sensibilidad y el compromiso social

Algunas vidas parecen guiadas por una intuición profunda, y la de Myrna Guerrero comenzó a perfilarse a los 22 años, cuando un jurado de la Embajada de Francia —que acababa de otorgarle una beca para estudiar arte— le preguntó a qué parte del país quería ir.
Su respuesta fue tan espontánea como reveladora: allá donde pudiera ver el sol e hiciera menos frío. En esa frase ya habitaban la sensibilidad, el atrevimiento y la manera luminosa en que terminaría recorriendo la vida.
Artista plástica, educadora, museógrafa, curadora, gestora cultural y directora del Museo Bellapart desde 2012, pertenece a esa generación de mujeres que construyeron espacios culturales cuando todavía muy pocos existían.
Pero más allá de los cargos, hay algo mucho más interesante en su recorrido: la manera en que el arte terminó convirtiéndose para ella en una búsqueda permanente.
Llegó a ese mundo siendo apenas una adolescente, casi por casualidad, invitada por una amiga a tomar clases particulares de pintura en un taller vespertino. Allí descubrió algo que todavía hoy recuerda con asombro: la sensación casi mágica de poder recrear lo que veía y pensaba.
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Después vendrían Francia, los talleres libres de Marsella, la Historia del Arte en Aix-en-Provence y los trabajos de verano haciendo camas en hoteles, recogiendo uvas o mecanografiando tesis para poder mantenerse. También el regreso voluntario a República Dominicana, cuando entendió que quedarse demasiado tiempo en Europa podía alejarla definitivamente de su país.
Y regresó. Volvió para enseñar. Aunque su obra artística ha transitado por series tan distintas como Digitales, Erótica, Vírgenes y Santas, Magas o Tramas, y ha tocado temas como la religiosidad popular, la violencia contra la mujer, el medioambiente o la identidad, Myrna siempre habla de la educación como el centro emocional de su vida.
Lo dice alguien que ha pasado por aulas universitarias, suplementos culturales, procesos curatoriales y proyectos fundamentales para la vida cultural dominicana, como Casa de Arte o el Centro León.
Tal vez por eso su obra nunca ha estado dominada por la lógica comercial. Ha preferido conservar la libertad de buscar, cambiar y moverse hacia otros lenguajes, incluso cuando eso implicara alejarse de lo más confortable.
Porque cuando aborda temas duros, como los feminicidios, la violencia o la degradación ambiental, lo hace desde la sensibilidad y no desde la crudeza.
Myrna Guerrero pidió ir allá donde pudiera ver el sol y, desde entonces, ha pasado la vida entera intentando iluminar, desde el arte, la educación y la cultura, la manera en que miramos lo que nos rodea.

Jarouska Cocco