La imagen oficial de Juan Pablo Duarte: entre el símbolo y la realidad
Este 2026 se cumplen 213 años del natalicio de uno de los padres de la independencia de nuestro país

Hace unos años, en el marco de la conmemoración del natalicio del Padre de la Patria, Juan Pablo Duarte y Díez (1813-1876), escuché la disertación "La personalidad de Juan Pablo Duarte" del historiador Fernando Pérez Memén.
Mientras escuchaba a mi dilecto amigo, reflexionaba sobre un artículo que recién me publicara la Academia de Ciencias acerca de un retrato poco conocido del Patricio y la importancia de no solo valorar sus virtudes morales, sino también de respetar su fisonomía histórica.
El Duarte de los billetes: una iconografía cambiante
Durante años, mi única referencia iconográfica de Duarte fue la efigie en el billete de un peso oro.
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Nos acostumbramos a esa imagen de "blancura de mármol": una amplia cabellera blanca con la raya a la derecha, abultada melena sobre las orejas y un bigote mostacho —denso y largo— que cubría casi ambos labios.
Siempre me resultó deforme por la perspectiva, desigual entre su lado derecho y el izquierdo. Confieso que, hasta esta investigación, desconocía que aquel era el Duarte de la escultura de Abelardo Rodríguez Urdaneta.

En la década de los setenta, la tercera emisión de billetes introdujo un Duarte distinto: de pelo engominado, peinado para cubrir la calvicie frontal, de figura delgada y angulosa. Me costó reconocerlo y más aún aceptarlo.
Era la obra de Radhamés Mejía. En su óleo, Duarte aparecía con cabellera de oro, barba blanca y ojos azules; detalles que la impresión en blanco y negro del billete ocultaba, pero que intentaban rescatar al Duarte de la única fotografía existente, tomada pocos años antes de su muerte.
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Sin embargo, el caos visual continuó. En tiradas posteriores, Duarte apareció afeitado o con la barba desdibujada por exceso de luz, luciendo un corbatín claro en lugar del oscuro tradicional.
Para 1977, lo desplazaron del centro hacia la extrema derecha del billete; allí nos miraba desafiante, ya no con la mirada soñadora de antaño, sino con un rostro retocado por Pedro García de Villena.
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El punto crítico llegó en 1983 con la acuarela de Brian Woods. Se nos presentó un Duarte idealizado, con traje del siglo XX y un estilo "retro" más propio de una revista de moda que de un libro de historia. Ante tal metamorfosis, no pude menos que preguntarme: ¿Dónde estaba el verdadero Duarte?
El origen de la incertidumbre
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Esta "gimnasia" irrespetuosa con su imagen tiene un punto de partida: febrero de 1883. Ese año llegó al puerto de Santo Domingo la goleta holandesa Leonor, trayendo desde Venezuela un retrato al óleo mandado a pintar por el Ayuntamiento.
Duarte había partido al exilio en 1844. Salvo un breve retorno en 1864, no volvió más. Por tanto, para finales del siglo XIX, solo quienes lo conocieron en su juventud o quienes lo visitaron en Caracas sabían cómo lucía realmente.
Fue también en 1883 cuando sus hermanas enviaron al historiador José Gabriel García copias de la única fotografía del prócer, tomada por Próspero Rey en 1873.
Cuando el cuadro traído de Venezuela se exhibió en el Ayuntamiento, el impacto no fue el esperado. Los antiguos amigos de Duarte se toparon con un hombre de 63 años: anciano, delgado y de aspecto enfermizo.
Los "puristas" de la época protestaron, argumentando que no debía mostrarse a un Duarte diezmado por los años, sino a un guerrero juvenil idealizado como el de 1844.
La invención del rostro
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Liderando estas protestas estaba el pintor Alejandro Bonilla. Inspirado —según sus propias palabras— en un príncipe europeo (Cristian IX de Dinamarca) a quien hallaba parecido con el Patricio, realizó un retrato que fue certificado como "fiel" por antiguos allegados.
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Bonilla, quizás con buena fe, pero con limitadas destrezas técnicas, mezcló sus recuerdos con la imagen del monarca danés y la vestimenta del cuadro venezolano. Omitió detalles cruciales, como las patillas que Duarte usaba en su juventud, y sus errores de proporción terminaron por desfigurar la imagen del héroe hasta nuestros días.
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Otros pintores del siglo XIX trataron la imagen de Duarte Sisito Desanfles y Abelardo Rodríguez Urdanera, reclamando Bonilla derechos de autor de la imagen y protagonizando un debate público, ganando Bonilla los derechos de su retrato.
Posteriormente, la justicia poética hizo lo suyo: en 1937, uno de los cuadros de Bonilla fue retirado de un museo por considerarse "inartístico", mientras que la obra de Abelardo Rodríguez Urdaneta —quien aparentemente se usó a sí mismo como modelo para el rostro del Patricio— cobró protagonismo.
Una propuesta de institucionalización
La falta de rigor ha permitido que la fisonomía de Duarte oscile entre lo imaginario y lo inverosímil. Es tiempo de que el Estado dominicano institucionalice la imagen del Patricio tomando como único modelo su fotografía de 1873.
Aunque valoremos las interpretaciones artísticas por su peso histórico y plástico, la imagen oficial en escuelas e instituciones no debe descansar en la suposición.
Si la objeción es que la foto nos devuelve un rostro demacrado y una mirada triste, aceptemos esa tristeza: es el testimonio visual del sacrificio y las huellas que dejó la entrega absoluta por la libertad de la Patria.
Gabriel Atiles Bidó